No conozco a más de diez personas dispuestas a votar, o defender, o argumentar, o sostener su voto por la hija de Fujimori. En la década de los noventa, en cambio, no eran más de diez gatos, por así decirlo, los que se mostraban en contra de todo lo que representaba el fujimorismo. Más allá de la falta de rigor numérico, lo que quiero dar a entender es que ahora, el fujimorismo se lleva como un vicio sectario, como una enfermedad inconfesable. No como en los noventa en los que el fujimorismo se llevaba con ese orgullo de mayorías, con esa valentía de mayorías, dudosa valentía dicho sea de paso.
En mayoría cualquiera no sólo es valiente, sino además atrevido.
La pasión fujimorista de los noventa atravesaba, sin problemas, desde el riquerío optimista hasta la otra punta de la peruanidad: el arenal desdentado. En suma, se propagó como una metástasis. Ya sé, metástasis es una palabra durísima y sagrada; no debería usarla y pido perdón por ello; sin embargo, cuando me acuerdo de los noventa, de los políticos de los noventa, de la prensa de los noventa, del fujimorismo de los noventa, de los electores de los noventa, se me viene irremediablemente a la cabeza la palabra metástasis. Quizá haya algo de tremendismo en lo que digo, quizá sólo fue un tumor, un bicho, un bulto diestramente extirpado, total, hemos sobrevivido.
¿Viste cuántos países que ya no existen?
¿Viste cuántos países que ya no existen?
Y estamos aquí, como si los noventa fueran un pasado que ya no nos pertenece. Está bien, los noventa pertenecen a un siglo pasado, sin embargo, son muy pocas cosas las que nos separan de los noventa, pocos años diría yo. Podría ser, perfectamente, ayer cuando se hizo del noble oficio de las geishas, una rutina practicada por gentes sin más talento que la genuflexión. Podría ser ayer, perfectamente, porque esas gentes siguen a la cabeza de programas de televisión y aquí no pasó nada. Pero hay eventos que no se sienten como si hubieran ocurrido ayer, eventos que están más bien resguardados en la caja negra de las pesadillas. No sé. Un grupo de adolescentes exquisitas (de los noventa, claro está), cuchicheando lo lindo que es el “chino”, lindo en el sentido estético, lindo en el sentido que se refiere a la belleza física. El poder no embellece, sólo nubla los ojos de quien no lo tiene. Y el horror que da conjeturar, conjeturar a esas adolescentes ofrendando, de muy buena gana, la virginidad, o lo que queda de ella, al Minotauro sonrisa-de-lado.
Un horror que seguramente no pasó, pero un horror harto probable.
Con la hija de Fujimori dudo que pasaría lo mismo. Cuesta mucho imaginar a un adolescente trémulo ensoñandola enardecido. El ángel que salva a los varones, que nos salva, al menos, del ridículo y del abismo, no es un ángel, es lo que bien podríamos llamar: la sabiduría del bruto.
Sin embargo, todo es posible, todo puede pasar, todo, menos que el elector se equivoque.
No. El elector no se equivoca nunca.
Por supuesto que el elector no anda buscando el gobierno de los mejores, ni la opción política menos errada. Al decir que no se equivoca, quiero decir que encuentra lo que busca.
El elector no quiere aburrirse.
La democracia aburre, es lenta, sus juegos de artificio no compensan sus rigores. El abismo es, en cambio, atractivo. Mirarlo de cerca hipnotiza, hipnotiza porque el abismo devuelve la mirada y eso es como vivir en sus profundidades sin necesidad de lastimarse. Ciertamente, nadie es tan tonto como para dejarse caer. Solamente acercarse, mirarlo, estar cerca y ver cómo se derrumba todo, mientras nosotros estamos aquí y el abismo está tan allá.
Nosotros aquí y los noventa allá.
Eso sí, los noventa no fueron el fondo del abismo. Un gobierno corrupto, nada más, un gobierno que no le hacía ascos a las manchas de sangre, un gobierno con unas voceras que profesaban una soberbia y una estupidez legendarias. Una mayoría que endosó su libertad y, eso sí, muchos técnicos. Sin embargo, la gente vivía, dormía, comía, tiraba, soñaba, y deseaba con la misma cotidianeidad con la que la gente vivía, dormía, comía, tiraba, soñaba y deseaba en los tiempos de los campos de concentración, claro, a excepción de las víctimas, de las víctimas y de los parientes de las víctimas, que eran, a decir verdad, también víctimas pero en distinto grado. No, para ellas la cotidianidad fue un lujo inalcanzable. En ese sentido, se recomendaba en los noventa, no ser un opositor rabioso en público, por eso de las mayorías, por eso de la valentía de las mayorías que fácilmente se podía convertir en la cobardía de los delatores. Retomemos eso de que en los noventa se soñaba y se deseaba. Se deseaba, como en cualquier época, como en la democracia más perfecta, cosas básicas: una vida mejor, un Perú mejor. Incluso la hija de Fujimori, seguramente también suspiró deseando viajes, aventuras, amores gallardos, un Perú mejor, una vida mejor. Pero el poder, ese juguete que su padre manipulaba obsesivamente y que nunca llegó a comprender le mordió el corazón también a ella. Pido un segundo de reflexión por las gorditas tímidas, románticas, amables, sensibles, puras, que se convirtieron, o fueron convertidas en maquinarias de guerra.
¿Cómo sucedió eso?
¿Por qué sucedió eso?
¿En qué momento sucedió eso?
¿Realmente sucedió eso?
La actitud frente al destino, si es que lo hay, debiera ser, principalmente, la de escapar o tratar de escapar al destino de nuestros progenitores. La actitud de perseverar en aquello que torció, destruyó y desgració el destino de sus padres, es una razón suficiente para no votar por la hija de Fujimori, para no confiar en su buen juicio, para sospecharla de imbécil, para regresarla del delirio o del trance con un vaso de agua fría.
Errar es humano, perseverar es diabólico.
Pero el divino pueblo, que es sabio, la quiere.
Extraña sabiduría del pueblo
¿Qué entendemos realmente por pueblo?
Sabiduría de suicida que sabe que no se atreverá.
Sabiduría de equilibrista al borde del abismo.
No obstante, como ya dijimos, nadie se arroja al abismo. Nadie, menos aún, aquella extraña tribu inconexa llamada: “los peruanos”. Nosotros no. Nos acercamos, lo olemos, oteamos la posibilidad de una caída, nos embobamos con él. Pero sólo miramos al abismo como un acto contemplativo, nada más, para no pensar, para no aburrirnos.
Empiezo a creer realmente que Alfonso Ugarte nunca se arrojó con la bandera.