05
Feb
10

¿Por qué volvió?

Hace media hora se fue su hija mayor, ella consideró que no era necesario que la acompañe hasta el aeropuerto. Otra vez nada que hacer. Él, que siempre ha tenido una fe manifiesta por el trabajo y la actividad se desespera ante esa quietud. Le ofrecieron publicar algún artículo suyo en improbables revistas y dar algunas conferencias, pero eso le sabe a nada. Eso, al ver de sus achinados ojos, no es digno de ser llamado trabajo, o en todo caso, una actividad digna de él. Sin embargo, no todo está mal. Está en su país, en el país que alguna vez lo despreció, que lo expulsó por su pobreza. Ha regresado, aunque no por todo lo alto, pero de alguna manera, triunfante. Por otra parte, sus pensamientos lo suelen llevar a ese otro lejano país que alguna vez gobernó

¿Por qué volver?

Porque quiere constatar personalmente lo que le dicen sus allegados: que la gente, a pesar de sus furibundos enemigos, lo quiere, lo respeta, y, sobre todo, lo espera. Mira sus manos y no encuentra por ningún lado manchas de sangre, en su conciencia tampoco hay mucho reproche, un exceso necesario, nada más. Para reafirmarse, busca entre sus cosas una carta escrita en japonés que le envió uno de los rehenes que su gobierno rescató.

¿Por qué volver?

Piensa en la madre de sus hijos. La nostalgia pesa, la nostalgia de la familia que tuvo. Pero hay cosas que no se perdonan. Aunque sería muy bueno olvidar daños causados y padecidos y tener alguien con quien compartir mutuamente la vejez.

¿Por qué volver?

Algo en los secretos caminos de la sangre lo acusa, lo confronta; le espeta un pausado y rotundo: cul-pa-ble.  ¿Culpable de qué? ¿De algunos muertos? ¿De desbaratar ideas que él creía que no servían para nada? ¿Culpable? No de eso. Se siente culpable porque hay traiciones que pesan, traiciones que ni las más pragmáticas conciencias logran acallar. Por eso el criminal vuelve a la escena del crimen. «Eso de que se vuelve al sitio son pendejadas de Dostoievsky» diría el escritor Fernando Vallejo. Pero la realidad dice otra cosa. Un hombre de su experiencia sabe oír o desoír  a sus ayayeros, pero no sabe desoír esa voz  cavernosa que dirige los pasos del asesino en la dirección de la sangre que provocó.

¿Por qué volvió?

Con el simple acto de intentar volver se declaró culpable.

26
Ene
10

Norte

“Argentinita dónde vas a estar

Cuando ya nadie te quiera ni mirar”

Charly García

Contaré tu historia, pero por favor cállate. Tú no sabes estas cosas de respetar a los mayores, es algo que nunca aprendiste en tus cortos años. Comencemos por el viaje del que no volvimos; sólo de pocos viajes se vuelve realmente. Pañuelos blancos al viento, partiendo de las pampas donde se despeña el cielo. Después el cielo fue el azul inagotable atado al ala de un avión. Seguimos por mar o por río (o tal vez fuera un lago), eso no lo sabremos bien porque, tú, niña no los distingues en tu escaso interés por la geografía. Tus ojitos de caramelo sucio únicamente detenían nubes, nubes que instintivamente diferenciabas: las nubes mayores del sur y las del norte; copos interminables como la tristeza misma. «Mira mami» decías mostrando tus dibujos; «las del principio son animales buenos, y las del final animales raros». Ella te preguntaba: «nena, ¿qué querés decir con eso de animales raros?». «Son los malos, sólo que aun están dormidos». Mami te besaba la frente como consolándote porque el viaje era largo y te aburrías. A veces te dejaba (nunca conmigo). Yo siempre estuve con ustedes; pero mami no lo notó. Te dejaba con hombres y mujeres que no siempre hablaban nuestro idioma. Pasamos puentes, torres, lugares donde los sueños tienen un gusto a mar o a jardín solitario. Ay niña cuán cansada te vi, cuán triste te vi extrañando tu patria del sur, ese tu río que jamás lo pudiste distinguir del mar. Claro que no extrañabas a tus padres. Yo los extrañaba por ti. Ya sé, no quieres que cuente eso, quieres que cuente lo que te pasó en aquel lago escandinavo. Sí niña, era un lago no era el mar, lo digo por las montañas, lo digo porque se podía ver la otra orilla, lo digo porque lo sé y punto. Mami dijo volver pronto y te dejó con dos hombres. Uno hablaba nuestro idioma y el otro alguna rara lengua del norte, y vaya que estábamos muy al norte. Caminamos por una avenida de grandes edificios azules que dejaban ver una geometría esquelética, el futuro que no conoceremos. Y la gente, ¿te acuerdas de la gente? No se les escuchaba hablar, pisar, ni siquiera respirar; volteaste preguntándome con la mirada: ¿qué país es este? Yo me encogí de hombros y seguí tu silueta que parecía encadenada a las manos de esos hombres. Vestías ese saconcito negro que tan bien te quedaba. Mami te lo dio diciéndote que ella lo había usado cuando tenía tu edad. Recién al llegar al final de la avenida apareció el lago; y no me discutas, era un lago. «¿De donde eres nenita?», te preguntó el que hablaba nuestro idioma. «De la Argentina» respondiste con ese tu orgullo patrio. «Nenita te vamos a tomar unas fotos, pero tienes que quitarte el sacón». Tú preguntaste por mami. «Ya sabes maquillarte, ¿qué no? ¿Qué más o menos? Yo te maquillo entonces, y no te preocupes que tu mamá no tarda en llegar». En tus ojitos de caramelo triste los animales raros se hacían nubes que bostezaban el final de su sueño. «A ver nenita sonríe» clic, clic. «A ver nenita pon la boquita así» clic, clic. El que no hablaba nuestro idioma, que era quien tomaba las fotos, impaciente, le daba indicaciones al otro. «A ver nenita fuera la chompa, quiero decir el pulóver». El sol era una abstracción, no se le veía por ninguna parte; sin embargo, la luz no faltaba. «Nenita, ¿alguna vez fuiste a la playa?, ¿verdad que sí?; quiero ahora que uses ropa de playa, vamos que no hace tanto frío, vamos que tu mami se va a molestar si le digo que no te estuviste quieta ¿ok?». Pañuelos negros al sol y las aves del lago conspiraron con su vuelo indiferente. Te pusiste a saltonear por ahí hasta que te gritó en lengua nuestra: «¡qué te estés quieta carajo!». Temblaste; un pucherito, una lagrimita que no se animaba a venir. Te quedaste como una estatua apunto de quebrarse hasta que el hombre de lengua ignota sonrió superabriendo los ojos ridículamente. «No, no, no, no, no», eso dijiste con una mueca que te afeaba un poco, pero un poco nomás. Al querer escapar, te olvidaste, niña, del lago. Cómo ibas a saber que estaba congelado si no sabias que era un lago, si sólo pensabas que los animales malos ya se habían despertado. La onda circular del agua, para alguien que la sepa interpretar, significaba lo mismo que una mano haciendo adiós. Te sacaron con algunas dificultades. El hombre de otro idioma te puso la ropa de playa e igual te tomaron las fotos. Yo fui a buscar a tu mami, pero ahora eras tú la que iba tras de mí, tirando de mi sombra y pidiéndome que cuente esta historia una y otra vez.

14
Ene
10

El diagnostico diferencial del malévolo Dr. House

Sé que ya no eres una adolescente. Sin embargo, aun veo sentado a tu izquierda al ángel doliente de esos años. Aun te veo con ese enfado, con esas ganas de patear el tablero cuando se te juega al jaque mate, con esa tristeza que no quiere concederle nada a la alegría, con esa alegría que no quiere concederle nada a la tristeza. Está claro que los adolescentes eternos son bellísimos, bellos en realidad (véase, por ejemplo, a Rimbaud). Pero, por ahora, necesitamos menos belleza y más sabiduría como diría Juan Gonzalo. Y ya que en esas estamos, déjame que te hable de un médico cincuentón que, si bien es cierto, no curará ninguno de tus males, pero alguna aspirina sapiencial sabrá darte.

Para ser más claro y no cansar tus internauticos ojitos, de lo que estamos hablando es de la serie de televisión “Dr. House”. Tienes que verla porque es ilustrativa, metafórica y entretenida. Sarcasmo puro y duro. Tienes que verla porque, ahora, las series norteamericanas han alcanzado una libertad creativa que ha permitido guiones algo liberados de la dictadura inmediatista del rating. Tienes que verla porque así va a mejorar tu inglés. Tienes que verla, sobre todas las cosas, porque yo te la recomiendo.

El personaje de esta serie, Gregory House, es un descendiente de personajes literarios como el Monsieur Dupin de E. A. Poe y el Sherlock Holmes de Conan Doyle. Imagínalo como el tipo de hombre que aloca a las casaderas postmodernas: medico, soltero, maduro, exitoso, famoso, con buen trabajo y buen sueldo. Además es un tipo con un don. En ese sentido cabe la frase de Capote: «cuando Dios te da un don también te da un látigo y ese látigo es solamente para autoflagelarse»

Pero ¿Cuál es exactamente su don? ¿Su inteligencia superdotada? ¿Sus habilidades medicas que tocan lo inverosímil? ¿Su poderosa capacidad de observación? Pues eso y también algo más. Contrariamente a lo que algunos han escrito sobre House atribuyéndole una personalidad autista, disociada, incapaz de comprender e interactuar con el resto (incluso diagnosticándole el síndrome de Asperger), creo yo, que tiene esa sensibilidad propia de los poetas para adentrarse en las cavernas existenciales, para palpar, tal y como es, la condición humana. El don de conocer con una infalibilidad, sólo posible en la ficción, esos dobleces, esa hipocresía, esas incoherencias de las cuales está compuesta nuestra naturaleza humana en toda su miseria y, a la vez, en todo su esplendor. He ahí su don. He ahí su látigo. Un don porque le permite estar alerta, anticiparse a los hechos, dar el golpe antes de recibirlo, y por supuesto, hacer mejor que nadie su trabajo. De alguna manera ese don le permite no tener la infelicidad pedestre que tenemos el resto de los seres humanos que nos dolemos por estupideces. Está salvado de la desdicha bobalicona. Pero, por otra parte, está el látigo. La autoflagelación. Una especie de postre que se agria al llevárselo a la boca. El saber que detrás de cada acto generoso hay una razón, un cálculo mezquino. Detrás de una sonrisa un miedo. Detrás de un beso una traición. Detrás del casto cariño una sicalíptica intención. Y sobre todo, detrás de cualquier discurso una mentira. Es la confirmación que en todo saber hay un dejito a desilusión. En ese sentido, House no es para nada un malade imaginaire, a él le duele la pierna y el mundo. Es el dolor genuino de los que saben quizá más de lo que debieran. Entonces se convierte en la pesadilla de la casadera postmoderna: egoísta, excéntrico, despectivo, sarcástico y algo bohemio. Un provocador que haría creer a cualquier ingenuo y/o ingenua que es un cerdo machista, un racista y un xenófobo.

Esta serie también puede verse como el experimento, poco posible en la realidad, de hacer que una especie de poeta maldito, cumpla un rol social concreto, el cual es, nada más y nada menos, salvar vidas. Poner al egoísta reflexivo al servicio de los otros. Hay cierta ironía en que precisamente el que no desea recompensas tenga mayor acceso a ellas. Se puede cerrar esta idea con unos versos de Martin Adán: «El anhelo que tienen los grandes hombres de ser completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses».

30
Dic
09

EL FISGÓN Y LA ORDEN

Si hay algo peor que la pomposidad de llamarle “orden” a un colegio profesional es no ser leal con esa pompa; es no darle pelota al simbolismo que eso implica. Un miembro recién incorporado debiera sentirse como un cruzado, como un caballero tocado en cabeza y hombros por una regia espada. Pero no. Parecen estar pensando en el botín y en lo bien que se siente que te llamen doctor. Usted dirá que en estos tiempos tan ruines lo que hace falta es un pragmatismo más achorado y no estar pensando en lo simbólico y en cojudeces. Yo le diré que el asunto no es tan así, que lo simbólico está en todo y en todos, que otro día le explico mejor porque hoy quiero hablar de otra cosa. La Orden. Sí. Las elecciones en la Orden.

Paso entonces a relatar lo que vi en mi calidad de intruso:

Vi inacabables colas retorcidas como sierpes ociosas. Vi rostros satisfechos, apretones de mano, abrazos sinceros. Puñaladas conjeturales también. Vi ancianos que lucen honorables y también ancianos que sí son honorables. Vi a los tocados por la buena estrella no disgustados por quedarse un rato más si eso permite recibir más saludos. Vi la sonrisa solapada de los que votan por primera vez. Vi el fastidio de los que ya están hartos. Vi que a los más antiguos, a los que llegaron primero no les gusta que los confundan con los últimos, con los advenedizos; sucede en todas partes y también en la orden; la muletilla es: «a mí sí me ha costado ganarme ésta estrella, en nuestros tiempos no cualquiera ingresaba a la orden». Vi a los cualquieras, a los cualquieras buenos y a los otros, multiplicados como por milagro de panes y peces sin culpa aparente de nada. Vi que una profesión puede llegar a ser una gigantesca cortina de humo tanto para todo un país como para el interesado. Vi a una señora esperando su turno mientras otra, con carita de no enterarse de nada, se acercaba flotando en las alas de la sobonería. Uno de sus élitros la impuso a la cola; «la doctora estaba aquí» dijo (con la misma vara que atendió fue atendida). «Si claro» pensó la señora, y desde su otra acera ideológica acariciaba una venganza contra la doctora que seguía tan angélica y marquesa, con carita de no enterarse de nada. Vi pequeñas diosas en jeens de sábado y a la mismísima Themis en sastre. Vi a las que acatan en hinojos la jurisprudencia estética de Sex and the City. Vi al baboso solemne multiplicado por diez. Marineritos que nunca se hicieron a la mar pero en sus barquitas de ínfulas saben más que el mismísimo Simbad. Vi a las lívidas doctoras “bien” con el buen hado sosteniéndoles los lentes de resina flotante en dirección al éxito. Vi la mastodóntica estupidez que habita en cualquier complejo de superioridad. Vi a una madura doctora en minifalda atrayendo sobre sí todas las lujurias cuarentonas. «Si pues, esta falda», dijo, «es que no puedo con mi genio, ¡necesito sentirme mujer!». Vi el deseo de meter chongo téngase la edad que se tenga. Vi llegar a una especie de hermandad de jeenes apretados y tatuajes en el hombro. Maduras, sonrientes pero algo desencajadas. Pactaban algo con un tipo, probablemente unas cervezas más tarde. Vi las manitos bastardas de la esperanza, disponiendo todo, moviendo todo, descomponiendo todo, esa esperanza que se extiende a los bracitos sujetados de niños que son desalojados del marasmo de los dibujitos animados con frases como: «saluda hijito a tu tío», «qué grande está» y etc. etc.. «The first thing we do, let’s kill all the lawyers», pensé con shakesperiana piconería. Piconería por la bronca infinita que me dio no ver los ojazos negros de la única abogada que me hace perder el juicio.

27
Dic
08

Extraña gravedad- La Piara

Letra & Musica: Alan Salazar,  Relgis Dueñas

Voz, bajo y  coros: Alan Salazar

Guitarra y coros: Dany Castro

Teclados:  Relgis Dueñas

Bateria:  Edson Villena

Grabación, mezcla y coros: Rony Huertas

01
Oct
08

El miedo y las seis de la tarde

El miedo nos conoce desde siempre,
nos cierra los ojos y nos muestra el camino.

Emma Constance

El teléfono la despertó de su siesta que ya se estaba extendiendo más de lo previsto. La agradable conversación telefónica concluyó con una serena carcajada que se despintó de su cara el momento que volteó hacia la ventana y vio que el sol se moría. Miró a todas partes y el silencio confirmó todos sus temores. Estaba sola. Sola en el crepúsculo de la tarde, sola en la hora mas difícil del día, de toda su vida. Recordó las infinitas tardes de miedo, recordó el miedo y lo volvió a sentir como un gas paralizante, como un hormigueo que le subía por todo el cuerpo. Comenzó a temblar con el corazón latiéndole a la velocidad de un motor fuera de borda, sin freno, sin tregua, sin piedad.
Cinco minutos después seguía petrificada. En un acto autómata, se apoyó con los hombros a la pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo. Se puso a esperar llorando, como cuando era una niña, que alguien la rescate de esa tenue oscuridad; que alguien prenda esa luz artificial. Rezó; rezó para que ese alguien sea su madre. Arrojaría sus llaves como siempre, la besaría en la cabeza, como siempre, traería algo dulce para el lonche y después junto a ella y frente al televisor olvidaría por completo la razón del llanto anterior.

El precipitoso sonido de unas llaves la regresó del recuerdo, del miedo, de todo lo que la inmovilizaba. Se levantó, prendió las luces, se secó las lágrimas y fue hacia la cocina por un vaso con agua. En el camino ensayó una atropellada justificación que le daba lo mismo que sea convincente o no: -No amor, no pasó nada, tengo algo de frío nada más…

Cusco 2004

18
Sep
08

El cuento que alguien contó

Voz: Ángela Campana.
Coros: Marita Dueñas.
Música, letras e instrumentos: Relgis Dueñas.

Cusco 2007

07
Sep
08

La Edad de Borges

Da la impresión que ese anciano fingiera su ceguera. El rostro en constante contemplación del infinito, la sonrisa resignada, ese paradójico relato del antepasado que cabalga lento para dejarse matar se repite en sus gestos como si toda su vida hubiera retardado el trote para ponerse a tiro; y claro, lo que dice grafica mejor esa actitud de suicidio enmarcado en valentía. Borges en alguna parte escribe que no siempre nos parecemos a lo que escribimos, y cuando lo dice sabe que miente y que es absolutamente sincero, porque el que escribe esos cuentos, esos poemas y ensayos es un adulto con los prejuicios y las experiencias de tal; pero también es el niño que no deja de fascinarce con tigres, con los misterios de la memoria, con la posibilidad de las cifras; el niño que se horroriza con los espejos. De Hecho ese anciano no finge una ceguera pero finge una edad, a todos les vendría monstruoso un niño octogenario; un niño condenado a imaginar porque no tiene con quien jugar.

Cusco 2007

07
Sep
08

LA MUJER Y LA MONTAÑA

El Perú es un crisol de razas. Yo miro ese crisol como a un punto negro, como una ley infligida a justos y pecadores. Por mi parte estoy orgullosa de ser blanca. Quiero que se sepa también que una mujer culta no puede ser racista. Quiero también que se sepa que una mujer culta no tiene, a veces, otra opción que ser racista. ¿Qué tiene que ver con esto la raza?… El miedo lo sabe todo. Tuve a un crisol de razas en mi cama. Era hermoso y también una intolerable bomba fétida. No cabemos en una sola patria. No cabemos en una sola cama. Mi cama se ensució de resentimiento, la patria también. Mírenme, miren mi piel ¿tenemos algo en común?, mírenme bien y mírense bien. No está de más comprar un espejo. No está de más jurar ante un espejo. Hace un tiempo, en un momento cumbre de dolor, en ese momento en que a las mujeres se nos tuerce el juicio a mí se me enderezó. Juré ante el espejo nunca más abrir la pluralidad de mi cama a ninguno de color sospechoso. Miré mi rostro devastado por el dolor; me desnudé y miré mi cuerpo intacto al dolor. Pensé con risa y rabia que mi nombre debe estar en el final de muchas masturbaciones, menos de una. Siempre de entre todos hay uno que le da su nombre a la excepción. Bajito, ojos negros y duros, pelo ensortijado, y callado como una tumba. En las inmediaciones del acto temblaba como sí fuera su primera vez, y nunca era su primera vez porque todo se volvía perplejidad al descerrajarme su miembro constante y firme. Todo tenía la incertidumbre del borde de un abismo, el terror del borde de un abismo, la ternura del borde de un abismo. ¿Qué vendría después? ¿Más placer? ¿Más dolor? ¿Las lagrimas de la muerte?. Él cerraba los ojos como conteniendo el llanto, ¡mírame, puta madre, mírame!, pero el carácter, la voz y la sangre me los quebraba los orgasmos que venían unos tras otros como bocanadas del infierno. Cómo odiaba a ese mestizo atrevido. Tenía la arrogancia de un dios tutelar, eso, el dios tutelar de alguna montaña que me había escogido para tirar. Porque tirar con él era como tirar con una montaña, más propiamente dicho con una montaña fría gobernando una perdida puna, más propiamente dicho una montaña alumbrada por las ultimas luces del día; las malditas seis de la tarde. Conteníamos la respiración y nos lanzábamos a esos abismos. De tanto traficar con abismos mi amante montaña me contagió una enfermedad. Los síntomas eran: Lo odiaba con el alma y lo deseaba con el cuerpo. Lo odiaba con el cuerpo y lo deseaba con el alma. Otro síntoma: Me abrí de piernas al miedo (el miedo es el mejor amante que ha entrado en mi vagina). Y por demás síntomas: No quería vivir, pero tampoco quería la muerte porque de seguro era igual al salto al vacío junto con mi niño montaña. A veces lo engreía como a un niño, pueda ser que la ternura nos cure. Mentira. La ternura huía humillada de nuestra cama.
¡Realidad ven a mí!
¡Realidad ven a mí!
¡Realidad por favor!
Te lo pide una mujer blanca
Te lo pide en este país
Te lo pide una mujer blanca
Que lo tiene todo y no es feliz

Disculpa esta es la última noche que nos vemos. Modales ante todo. Disculpa esto ya no puede ser. Ni se inmutó; cómo se va a inmutar si es una montaña, el dios tutelar de una montaña que bajó a culearme como dios manda. Pero se acabó. Una mujer blanca no puede padecer la humillación de los apus, para eso hay tanta chola. Entre tanto me calló la boca otro orgasmo y otro y otro; y una lagrima y el terror de siempre, la soledad de siempre. No te vayas, decía balbuceando entre sueños. No te vayas, entre los barcos hundidos del placer. No te vayas, muerta de frío. Desperté y vi esto:

¡Bastarda montaña!; ¡indio resentido!, ¡lo escribiste con tu propio miembro arrancado en mí pared!, ¡en mi propia pared!. Dejaste el rastro de tu sangre inmunda por toda la casa hasta el parque del frente donde estas tirado como todas las noches de mis pesadillas, desnudo e interfecto. Por eso lo del espejo, ¡inbeciles!, por eso sé que debajo de sus miradas humildes y resentidas hay una montaña o un río esperando humillar y enloquecer a una mujer blanca como yo. No lo lograrán.

Cusco 2008

06
Ago
08

Tres Cuentos a Oscuras

El grito inevitable

De su boca, pintada con colores pálidos, prorrumpían diminutivos, apocopes, sonidos inocuos. Sus palabras aun solían ser rosas minúsculas, dulces y efímeras, acariciando la nada. Ojos de luna, sonrisa limpia, todo con lo que tenía trato la arropaba en cariño. ¿Era feliz? Si se lo preguntabas respondía que sí, asintiendo con la cabeza igual que una niña frente a un postre. ¿De noche también? ¿En noches cerradas como esta, donde un gran hoyo negro remplaza la romántica presencia de los astros?… Entre el sueño y la almohada algo le roza el muslo, una ausencia, sí, una ausencia. Un silencio o simplemente un grito. El fatal e inevitable grito de placer, de horror, de rabia; de vida. Ahora, tan en mitad de la noche como de la vida, desnuda en mitad de la noche -sin descartar la posibilidad de estar soñando- siente la inminencia de algo o de alguien. ¿Siempre tiene que ser así? Siempre. Los huracanes que rondan los jardines al sol y el horrísono lamento que se cuela después de un “te amo” muestran su hocico infeliz precisamente en noches como esta. Tú lo sabes, sólo que de día lo quieres olvidar. Confórmate con saberlo. A veces piensas que tienes un ángel que te cuida. Pero no. Cánsate. Si hay algo detrás de ti, ese algo te está empujando al ojo del huracán. Puedes abrir bien los ojos, mirar con valor, mascullar horror tras horror; o, puedes dar un respingo y refugiarte en todo lo refugiable; llorar por bobadas y olvidar lo importante, sabiendo que nada es importante. Pero ahora, en vista de que ya estás dormida será mejor callar. Ojala mañana no tengas tan presente aquel pensamiento que llevaste a la cama: «mañana seré una mujer de 30 años y, entre otras cosas, no he hecho el amor».

Tres Horas Antes

El final de la tarde pesaba sobre sus hombros como un baúl cargado de remordimientos. En tres horas todo cambiará y él quiere llegar fresco y calmado. Se sienta en una banca y prende un cigarrillo. Será mejor perderse de vista en esa fría claridad de septiembre; porque, lo importante es llegar fresco y calmado. Las personas pasan, se sientan, suspiran, tiemblan, lo miran y se van. Nada más triste que la palabra triste pronunciada al final de la tarde. Nada más triste que esa pareja de ingleses, parecen ser ingleses; pero con toda seguridad son una postal de la más ancha melancolía. Se ponen de pie, y se ven más tristes aun. Sus rostros son pálidos y duros, y si no fuera porque se han besado cualquiera diría que son hermanos. Ella sonríe con franqueza, pero con un dejo a esas modelos que salen sonriendo en cajitas de antidepresivos. También se les podría confundir con menonitas o algo así. Él no para de mirar y ella juega a hacer pompas de jabón. De un momento a otro se ríe y su risa arranca la pena más profunda. Araña el alma. Será mejor olvidarlos. Olvidar que se detuvieron en su delante torcidos como árboles celtas castigados por vientos extraños. Mejor concentrarse en lo que tiene que decir: Sabes esta tarde estaba sentado en una banca de la plaza. Observaba a una pareja. Ambos eran gigantes, altos, tan altos que parecían unas estatuas extraviadas, parecían árboles. Todas las cosas cuando cae el sol se ven tristes; sin embargo algo de ternura había en su soledad compartida. Se notaba que se eran necesarios. No voy a hablar de amor ni de nada parecido pero se notaba que el uno no podía vivir sin el otro. Ella jugaba y sonreía mientras él la miraba serio y ausente y aunque serio y ausente se notaba que no había otra cosa en el mundo que quisiera hacer que estar a su lado. Eso lo ve cualquiera que tenga sentimientos, cualquiera ve esa telaraña dura que hay entre dos personas, personas que puede que no se soporten pero que parecen irremediablemente pegadas. Aunque quien sabe hasta cuando. A lo que iba, y disculpa todos estos rodeos que son pequeñas cobardías, es a que hace tres horas estoy esperando para decirte que entre nosotros ya no hay esas telarañas de las que te hablaba y que ya no puedo seguir contigo.

El tiempo parecía haberse congelado por el frío. Le quedaban dos horas y cincuenta y cinco minutos para mejorar sus palabras.

Zaguán

Entre la luna rotunda de junio y una mole de cemento, un estadio de fútbol, ambos miraban el final de la calle. Hablaban de sexo con ingenuidad adolescente, pero también con desenfado y sinceridad. Una aureola de súbita confianza transitaba entre ellos y sus palabras haciendo menos importante el beso que se dieron la noche anterior, como si no estuvieran obligados a repetirlo. Cualquiera de los dos pudo haber dicho: chau nos vemos otro día, y hubiera estado bien. Horas más tarde todo cambió. El animal que les temblaba en la sangre se despertó. Horas más tarde lo único posible por hacer era besarse con arrobo, sólo besarse, besarse por horas a la luz de un poste o en una esquina oscura. Besarse y tocarse la piel debajo de la ropa. Besarse y descansar tramposamente, porque él le besaba el cuello y el pecho hasta donde la ropa permitía, mientras ella, al parecer, miraba las estrellas. No miraba nada. Talvez escuchaba en el interior de su piel, en el interior de su sangre la voz desnuda de miles de generaciones pidiéndole que se haga la vida una vez más. Andaron torpes de aquí para allá como la sombra de un siamés. Llegaron a un zaguán, un espacio ciego y de paso a donde llegaban los sonidos y las luces distantes de la ciudad que por hoy los alcahueteaba. Se quedaron, se tocaron más a fondo sobre el piso de piedra, de cuyo frío imposible estaban como inmunes; ventajas del deseo. El lunes siguiente, a él, un amigo le preguntó: «¿y, le agarraste el conejo?». Le pareció divertido el tono cínico de la pregunta, sin embargo le entristeció un poco su respuesta. No. No pasó su boca por sus senos; en la desordenada oscuridad no vio la piel que sentía bajo sus manos, que se movía con más descaro y, porque no, con más experiencia que él. En suma: no la penetró. Se quedaron en el zaguán del amor, en el zaguán del sexo, en el zaguán del cielo, en el zaguán de la vida. Mejor así.

Cusco 2008