Hace media hora se fue su hija mayor, ella consideró que no era necesario que la acompañe hasta el aeropuerto. Otra vez nada que hacer. Él, que siempre ha tenido una fe manifiesta por el trabajo y la actividad se desespera ante esa quietud. Le ofrecieron publicar algún artículo suyo en improbables revistas y dar algunas conferencias, pero eso le sabe a nada. Eso, al ver de sus achinados ojos, no es digno de ser llamado trabajo, o en todo caso, una actividad digna de él. Sin embargo, no todo está mal. Está en su país, en el país que alguna vez lo despreció, que lo expulsó por su pobreza. Ha regresado, aunque no por todo lo alto, pero de alguna manera, triunfante. Por otra parte, sus pensamientos lo suelen llevar a ese otro lejano país que alguna vez gobernó
¿Por qué volver?
Porque quiere constatar personalmente lo que le dicen sus allegados: que la gente, a pesar de sus furibundos enemigos, lo quiere, lo respeta, y, sobre todo, lo espera. Mira sus manos y no encuentra por ningún lado manchas de sangre, en su conciencia tampoco hay mucho reproche, un exceso necesario, nada más. Para reafirmarse, busca entre sus cosas una carta escrita en japonés que le envió uno de los rehenes que su gobierno rescató.
¿Por qué volver?
Piensa en la madre de sus hijos. La nostalgia pesa, la nostalgia de la familia que tuvo. Pero hay cosas que no se perdonan. Aunque sería muy bueno olvidar daños causados y padecidos y tener alguien con quien compartir mutuamente la vejez.
¿Por qué volver?
Algo en los secretos caminos de la sangre lo acusa, lo confronta; le espeta un pausado y rotundo: cul-pa-ble. ¿Culpable de qué? ¿De algunos muertos? ¿De desbaratar ideas que él creía que no servían para nada? ¿Culpable? No de eso. Se siente culpable porque hay traiciones que pesan, traiciones que ni las más pragmáticas conciencias logran acallar. Por eso el criminal vuelve a la escena del crimen. «Eso de que se vuelve al sitio son pendejadas de Dostoievsky» diría el escritor Fernando Vallejo. Pero la realidad dice otra cosa. Un hombre de su experiencia sabe oír o desoír a sus ayayeros, pero no sabe desoír esa voz cavernosa que dirige los pasos del asesino en la dirección de la sangre que provocó.
¿Por qué volvió?
Con el simple acto de intentar volver se declaró culpable.


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