27
Dic
08

Extraña gravedad- La Piara

Letra & Musica: Alan Salazar,  Relgis Dueñas

Voz, bajo y  coros: Alan Salazar

Guitarra y coros: Dany Castro

Teclados:  Relgis Dueñas

Bateria:  Edson Villena

Grabación, mezcla y coros: Rony Huertas

01
Oct
08

El miedo y las seis de la tarde

El miedo nos conoce desde siempre,
nos cierra los ojos y nos muestra el camino.

Emma Constance

El teléfono la despertó de su siesta que ya se estaba extendiendo más de lo previsto. La agradable conversación telefónica concluyó con una serena carcajada que se despintó de su cara el momento que volteó hacia la ventana y vio que el sol se moría. Miró a todas partes y el silencio confirmó todos sus temores. Estaba sola. Sola en el crepúsculo de la tarde, sola en la hora mas difícil del día, de toda su vida. Recordó las infinitas tardes de miedo, recordó el miedo y lo volvió a sentir como un gas paralizante, como un hormigueo que le subía por todo el cuerpo. Comenzó a temblar con el corazón latiéndole a la velocidad de un motor fuera de borda, sin freno, sin tregua, sin piedad.
Cinco minutos después seguía petrificada. En un acto autómata, se apoyó con los hombros a la pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo. Se puso a esperar llorando, como cuando era una niña, que alguien la rescate de esa tenue oscuridad; que alguien prenda esa luz artificial. Rezó; rezó para que ese alguien sea su madre. Arrojaría sus llaves como siempre, la besaría en la cabeza, como siempre, traería algo dulce para el lonche y después junto a ella y frente al televisor olvidaría por completo la razón del llanto anterior.

El precipitoso sonido de unas llaves la regresó del recuerdo, del miedo, de todo lo que la inmovilizaba. Se levantó, prendió las luces, se secó las lágrimas y fue hacia la cocina por un vaso con agua. En el camino ensayó una atropellada justificación que le daba lo mismo que sea convincente o no: -No amor, no pasó nada, tengo algo de frío nada más…

Cusco 2004

18
Sep
08

El cuento que alguien contó

Voz: Ángela Campana.
Coros: Marita Dueñas.
Música, letras e instrumentos: Relgis Dueñas.

Cusco 2007

07
Sep
08

La Edad de Borges

Da la impresión que ese anciano fingiera su ceguera. El rostro en constante contemplación del infinito, la sonrisa resignada, ese paradójico relato del antepasado que cabalga lento para dejarse matar se repite en sus gestos como si toda su vida hubiera retardado el trote para ponerse a tiro; y claro, lo que dice grafica mejor esa actitud de suicidio enmarcado en valentía. Borges en alguna parte escribe que no siempre nos parecemos a lo que escribimos, y cuando lo dice sabe que miente y que es absolutamente sincero, porque el que escribe esos cuentos, esos poemas y ensayos es un adulto con los prejuicios y las experiencias de tal; pero también es el niño que no deja de fascinarce con tigres, con los misterios de la memoria, con la posibilidad de las cifras; el niño que se horroriza con los espejos. De Hecho ese anciano no finge una ceguera pero finge una edad, a todos les vendría monstruoso un niño octogenario; un niño condenado a imaginar porque no tiene con quien jugar.

Cusco 2007

07
Sep
08

LA MUJER Y LA MONTAÑA

El Perú es un crisol de razas. Yo miro ese crisol como a un punto negro, como una ley infligida a justos y pecadores. Por mi parte estoy orgullosa de ser blanca. Quiero que se sepa también que una mujer culta no puede ser racista. Quiero también que se sepa que una mujer culta no tiene, a veces, otra opción que ser racista. ¿Qué tiene que ver con esto la raza?… El miedo lo sabe todo. Tuve a un crisol de razas en mi cama. Era hermoso y también una intolerable bomba fétida. No cabemos en una sola patria. No cabemos en una sola cama. Mi cama se ensució de resentimiento, la patria también. Mírenme, miren mi piel ¿tenemos algo en común?, mírenme bien y mírense bien. No está de más comprar un espejo. No está de más jurar ante un espejo. Hace un tiempo, en un momento cumbre de dolor, en ese momento en que a las mujeres se nos tuerce el juicio a mí se me enderezó. Juré ante el espejo nunca más abrir la pluralidad de mi cama a ninguno de color sospechoso. Miré mi rostro devastado por el dolor; me desnudé y miré mi cuerpo intacto al dolor. Pensé con risa y rabia que mi nombre debe estar en el final de muchas masturbaciones, menos de una. Siempre de entre todos hay uno que le da su nombre a la excepción. Bajito, ojos negros y duros, pelo ensortijado, y callado como una tumba. En las inmediaciones del acto temblaba como sí fuera su primera vez, y nunca era su primera vez porque todo se volvía perplejidad al descerrajarme su miembro constante y firme. Todo tenía la incertidumbre del borde de un abismo, el terror del borde de un abismo, la ternura del borde de un abismo. ¿Qué vendría después? ¿Más placer? ¿Más dolor? ¿Las lagrimas de la muerte?. Él cerraba los ojos como conteniendo el llanto, ¡mírame, puta madre, mírame!, pero el carácter, la voz y la sangre me los quebraba los orgasmos que venían unos tras otros como bocanadas del infierno. Cómo odiaba a ese mestizo atrevido. Tenía la arrogancia de un dios tutelar, eso, el dios tutelar de alguna montaña que me había escogido para tirar. Porque tirar con él era como tirar con una montaña, más propiamente dicho con una montaña fría gobernando una perdida puna, más propiamente dicho una montaña alumbrada por las ultimas luces del día; las malditas seis de la tarde. Conteníamos la respiración y nos lanzábamos a esos abismos. De tanto traficar con abismos mi amante montaña me contagió una enfermedad. Los síntomas eran: Lo odiaba con el alma y lo deseaba con el cuerpo. Lo odiaba con el cuerpo y lo deseaba con el alma. Otro síntoma: Me abrí de piernas al miedo (el miedo es el mejor amante que ha entrado en mi vagina). Y por demás síntomas: No quería vivir, pero tampoco quería la muerte porque de seguro era igual al salto al vacío junto con mi niño montaña. A veces lo engreía como a un niño, pueda ser que la ternura nos cure. Mentira. La ternura huía humillada de nuestra cama.
¡Realidad ven a mí!
¡Realidad ven a mí!
¡Realidad por favor!
Te lo pide una mujer blanca
Te lo pide en este país
Te lo pide una mujer blanca
Que lo tiene todo y no es feliz

Disculpa esta es la última noche que nos vemos. Modales ante todo. Disculpa esto ya no puede ser. Ni se inmutó; cómo se va a inmutar si es una montaña, el dios tutelar de una montaña que bajó a culearme como dios manda. Pero se acabó. Una mujer blanca no puede padecer la humillación de los apus, para eso hay tanta chola. Entre tanto me calló la boca otro orgasmo y otro y otro; y una lagrima y el terror de siempre, la soledad de siempre. No te vayas, decía balbuceando entre sueños. No te vayas, entre los barcos hundidos del placer. No te vayas, muerta de frío. Desperté y vi esto:

¡Bastarda montaña!; ¡indio resentido!, ¡lo escribiste con tu propio miembro arrancado en mí pared!, ¡en mi propia pared!. Dejaste el rastro de tu sangre inmunda por toda la casa hasta el parque del frente donde estas tirado como todas las noches de mis pesadillas, desnudo e interfecto. Por eso lo del espejo, ¡inbeciles!, por eso sé que debajo de sus miradas humildes y resentidas hay una montaña o un río esperando humillar y enloquecer a una mujer blanca como yo. No lo lograrán.

Cusco 2008

06
Ago
08

Tres Cuentos a Oscuras

El grito inevitable

De su boca, pintada con colores pálidos, prorrumpían diminutivos, apocopes, sonidos inocuos. Sus palabras aun solían ser rosas minúsculas, dulces y efímeras, acariciando la nada. Ojos de luna, sonrisa limpia, todo con lo que tenía trato la arropaba en cariño. ¿Era feliz? Si se lo preguntabas respondía que sí, asintiendo con la cabeza igual que una niña frente a un postre. ¿De noche también? ¿En noches cerradas como esta, donde un gran hoyo negro remplaza la romántica presencia de los astros?… Entre el sueño y la almohada algo le roza el muslo, una ausencia, sí, una ausencia. Un silencio o simplemente un grito. El fatal e inevitable grito de placer, de horror, de rabia; de vida. Ahora, tan en mitad de la noche como de la vida, desnuda en mitad de la noche -sin descartar la posibilidad de estar soñando- siente la inminencia de algo o de alguien. ¿Siempre tiene que ser así? Siempre. Los huracanes que rondan los jardines al sol y el horrísono lamento que se cuela después de un “te amo” muestran su hocico infeliz precisamente en noches como esta. Tú lo sabes, sólo que de día lo quieres olvidar. Confórmate con saberlo. A veces piensas que tienes un ángel que te cuida. Pero no. Cánsate. Si hay algo detrás de ti, ese algo te está empujando al ojo del huracán. Puedes abrir bien los ojos, mirar con valor, mascullar horror tras horror; o, puedes dar un respingo y refugiarte en todo lo refugiable; llorar por bobadas y olvidar lo importante, sabiendo que nada es importante. Pero ahora, en vista de que ya estás dormida será mejor callar. Ojala mañana no tengas tan presente aquel pensamiento que llevaste a la cama: «mañana seré una mujer de 30 años y, entre otras cosas, no he hecho el amor».

Tres Horas Antes

El final de la tarde pesaba sobre sus hombros como un baúl cargado de remordimientos. En tres horas todo cambiará y él quiere llegar fresco y calmado. Se sienta en una banca y prende un cigarrillo. Será mejor perderse de vista en esa fría claridad de septiembre; porque, lo importante es llegar fresco y calmado. Las personas pasan, se sientan, suspiran, tiemblan, lo miran y se van. Nada más triste que la palabra triste pronunciada al final de la tarde. Nada más triste que esa pareja de ingleses, parecen ser ingleses; pero con toda seguridad son una postal de la más ancha melancolía. Se ponen de pie, y se ven más tristes aun. Sus rostros son pálidos y duros, y si no fuera porque se han besado cualquiera diría que son hermanos. Ella sonríe con franqueza, pero con un dejo a esas modelos que salen sonriendo en cajitas de antidepresivos. También se les podría confundir con menonitas o algo así. Él no para de mirar y ella juega a hacer pompas de jabón. De un momento a otro se ríe y su risa arranca la pena más profunda. Araña el alma. Será mejor olvidarlos. Olvidar que se detuvieron en su delante torcidos como árboles celtas castigados por vientos extraños. Mejor concentrarse en lo que tiene que decir: Sabes esta tarde estaba sentado en una banca de la plaza. Observaba a una pareja. Ambos eran gigantes, altos, tan altos que parecían unas estatuas extraviadas, parecían árboles. Todas las cosas cuando cae el sol se ven tristes; sin embargo algo de ternura había en su soledad compartida. Se notaba que se eran necesarios. No voy a hablar de amor ni de nada parecido pero se notaba que el uno no podía vivir sin el otro. Ella jugaba y sonreía mientras él la miraba serio y ausente y aunque serio y ausente se notaba que no había otra cosa en el mundo que quisiera hacer que estar a su lado. Eso lo ve cualquiera que tenga sentimientos, cualquiera ve esa telaraña dura que hay entre dos personas, personas que puede que no se soporten pero que parecen irremediablemente pegadas. Aunque quien sabe hasta cuando. A lo que iba, y disculpa todos estos rodeos que son pequeñas cobardías, es a que hace tres horas estoy esperando para decirte que entre nosotros ya no hay esas telarañas de las que te hablaba y que ya no puedo seguir contigo.

El tiempo parecía haberse congelado por el frío. Le quedaban dos horas y cincuenta y cinco minutos para mejorar sus palabras.

Zaguán

Entre la luna rotunda de junio y una mole de cemento, un estadio de fútbol, ambos miraban el final de la calle. Hablaban de sexo con ingenuidad adolescente, pero también con desenfado y sinceridad. Una aureola de súbita confianza transitaba entre ellos y sus palabras haciendo menos importante el beso que se dieron la noche anterior, como si no estuvieran obligados a repetirlo. Cualquiera de los dos pudo haber dicho: chau nos vemos otro día, y hubiera estado bien. Horas más tarde todo cambió. El animal que les temblaba en la sangre se despertó. Horas más tarde lo único posible por hacer era besarse con arrobo, sólo besarse, besarse por horas a la luz de un poste o en una esquina oscura. Besarse y tocarse la piel debajo de la ropa. Besarse y descansar tramposamente, porque él le besaba el cuello y el pecho hasta donde la ropa permitía, mientras ella, al parecer, miraba las estrellas. No miraba nada. Talvez escuchaba en el interior de su piel, en el interior de su sangre la voz desnuda de miles de generaciones pidiéndole que se haga la vida una vez más. Andaron torpes de aquí para allá como la sombra de un siamés. Llegaron a un zaguán, un espacio ciego y de paso a donde llegaban los sonidos y las luces distantes de la ciudad que por hoy los alcahueteaba. Se quedaron, se tocaron más a fondo sobre el piso de piedra, de cuyo frío imposible estaban como inmunes; ventajas del deseo. El lunes siguiente, a él, un amigo le preguntó: «¿y, le agarraste el conejo?». Le pareció divertido el tono cínico de la pregunta, sin embargo le entristeció un poco su respuesta. No. No pasó su boca por sus senos; en la desordenada oscuridad no vio la piel que sentía bajo sus manos, que se movía con más descaro y, porque no, con más experiencia que él. En suma: no la penetró. Se quedaron en el zaguán del amor, en el zaguán del sexo, en el zaguán del cielo, en el zaguán de la vida. Mejor así.

Cusco 2008

24
Jul
08

Quisiera Presentarme

Soy dios, soy Kafka

Soy el diez en la banca

Soy la mujer blanca

Apurando un Prozac

Soy la señora casada

Que escucha su nombre

En mitad de la nada

Y recuerda a alguien que amó

Soy Caín, soy Abel

Soy la piel en tu piel

Soy la sed en tu sed

Labio, Instinto, papel

Soy la infiel, la vulgar

La que quiso escapar

La verdad del amor

DOS segundos y ya

Soy la flor, el rencor

El que no te olvidó

El peor bloqueador

Bajo el sol del adiós

16
Jun
08

EL PLAGIO BAJO LA FALDA

MYSELF

Mi nombre es Silencio

Caigo al pincho por callado

Según yo, digo más de lo que piensan.

EN SERIO, PERMÍTASEME PRESENTARME

Me llamo Aureliano Buendía

Estoy vencido y con roche

Fabricando pescaditos de oro

Para

Venderlos

En San Blas

NO ME CREEN

Soy Rodon Raskolnikov

Estudio sociales en la nacional

No tengo dinero, pero tengo un

Hacha.

LA CAGUE

P

O

R

A

V

E

Z

A

D

O

MI CELDA

Aquí huele a cholo encerrado….

CAMBIEMOS

DE

TEMA

YO PRINCIPITO. TÚ ROSA

¡Ay carajo! ¿Cuándo te salieron las espinas?

YO JANE. TÚ TARZÁN

Oh, oh, oh,… oh, oh

HABLEMOS

DEL

CUERPO

QUÍMICA SEXUAL

El líquido seminal esta compuesto por dos elementos: calor y miedo.

HABLEMOS

DE

EL CUERPO Y LA NOCHE

LOOKING FOR THE HEART OF SATURDAY NIGH

-Hola ¿estás sola?

-Por favor ¿me deja pasar?

HABLEMOS

SIN

BERRINCHE

DE

DIOS

TEOLOGÍA DE LA DESESPERACIÓN

Cuando dios se manda una gran cagada

los chinos

mueren

como

moscas.

A

PROPÓSITO

DE

LAS

MOSCAS

BUENOS MODALES PARA SOLITARIOS

¡Váyanse todos a la mierda!

MÉTANSE

EL

DEDO

A

LA

BOCA

A PROPÓSITO DEL BOOM DE LA GASTRONOMÍA PERUANA

¡Váyanse todos a freír ajos!

-¿ME PERMITEN?-

A LOS POLÍTICOS

LES

HUELE

MAL LA BOCA

Tápese la nariz

y

vote.

&

bote

¡HAYA

O

NO

HAYA!

MEJOR NO HUBIERA HABIDO

Militancia política:

O cínico

O cándido

O todas las anteriores

19
May
08

Silencio (cuento)

La mujer da tres pasos, no llega a trasponer el umbral de la puerta, adelanta la cabeza como buscando a alguien; acto seguido grita con desgano, espera con desgano, se vuelve con desgano. Eso sucede después, un poco después de que el hombre la mire sin que ella se de cuenta.

-Es comprensible, sí, sí, es muy comprensible que lo quieras ocultar pero te vi.

La mujer finge no oír, pero está al tanto de cada palabra, finge recoger algo del suelo, algo que no encuentra; naturalmente hubiera preferido evitar esa plática, trata de ser todo lo indiferente que se pueda, le da la espalda a su interlocutor.

-Sólo basta que digas que sí, tú me conoces, yo no se lo contaría a nadie, solamente quiero que me contestes algunas preguntas ¿no te parece normal? Aunque contigo hablar de lo normal es muy relativo, no, no; no te vayas a ofender, no todos los días se ven estas cosas.

La mujer voltea, mantiene la mirada gacha, su actitud de sumisión no durará mucho, sus manos siguen escarbando la tierra con nerviosa impaciencia, no encuentra nada; ese silencio esperando una respuesta suya la incomoda, sus labios secos, descascarándose por el frío, siguen cerrados.

-Yo siempre he creído en estas cosas- prosigue el hombre- se podría decir que tengo la disposición para creer en estas cosas, sabes, de niño vi algo que no acabo de precisar, un hombre, sí, algo parecido a un hombre, un hombre sin pasos entrando a mi casa, si no fuera por aquella vez hoy hubiera salido corriendo, asustado, pero mírame, sólo me asusté un poco, lo razonable, pero dime ¿Desde cuándo? ¿Siempre fuiste así? ¿Qué eres?.

La mujer mueve la cabeza negando, es una negación rápida, violenta, tanto que el hombre teme que huya, pero se queda y nerviosamente desgaja su silencio.

-Joven no sé que cosas me estará diciendo, tengo que trabajar.

-¿Qué pasa?, espera, espera, ahora no vas a decirme que nada ha sucedido, no te entiendo, cualquiera en tu lugar se sentiría feliz de encontrar una persona como yo, abierta de mente para estas cosas, – el hombre hace un gesto expansivo con los brazos- no pretendas engañarme que no te será fácil.

La mujer se pone de pie sin intención de esconder su enojo, mira la puerta gravemente, talvez piensa en las cosas que le faltan por hacer, en su mañana de trabajo y sudor en la frente.

-Me va a disculpar joven pero ya tengo que irme.

El hombre con indecisión se interpone entre ella y la puerta; su rostro asustadizo trata de impostar una expresión recia, no lo consigue.

-No, no, ahora no me vas a hacer creer que me estoy volviendo loco, yo lo vi todo perfectamente, sólo te pido que me digas la verdad, con eso no pierdes nada, dime que lo que vi es cierto y ya no te molesto más, ya no te pregunto cómo lo haces ni qué eres.

-Le repito joven que ya estoy perdiendo la paciencia, tengo que trabajar, su madre no me paga por estar conversando con usted.

-¿Ah sí?, si no me das una explicación de lo que vi, de lo que hiciste, te quedas sin trabajo, ¡eso es! Te quedas sin trabajo, le cuento todo a mi madre y te quedas sin trabajo.

La mujer lo mira de soslayo, tira la cabeza para atrás sonriendo con sorna.

-Ay joven ya todos lo conocen ¿quién le va a creer?, usted para viendo ángeles, condenados, duendes…..

-¿Te estás burlando de mí?- interrumpió enfurecido- ¡sigue riéndote y te destrozo aquí mismo a patadas!.

-No joven, no se ponga así y deje que me vaya, es mejor.

La mujer hace una pausa, sus facciones se tornan distintas, cambia de entonación, su voz se torna ronca, autoritaria, casi inexpresiva; el hombre desconcertado no reconoce esa nueva voz.

-Por más que sea cierto nadie le va a creer y por su bien es mejor que se quede callado.

El hombre trata de dominarse, trata de dominar su miedo, pero se ve sitiado por su propio espanto; la mujer adelanta su presencia dos pasos, la cabeza erguida, la boca rumiando algo ininteligible, le dice algo terrible, le muestra algo terrible, le encaja una mirada terrible; sus ojos negros, fijos, desafiantes, como si todo el infierno se resumiera en ellos; consiguen rendirlo. El hombre, ya paralizado, súbitamente cae, convulsiona.

-¡Señora Juana…… al joven le ha venido su mal! ¡Venga rápido!.

La mujer se vuelve, lo mira con desprecio, no tiene la más mínima intención de socorrerlo, no lo hace. Aunque los ojos del hombre ya están idos, su miraba aun trasluce un terror indescriptible.

Cusco 2007

19
May
08

CORAZÓN DE CALZADA (cuento)

Alguna vez las escuché mientras me arrancaban del calor de mamá, esas palabras; las escuché y aun las escucho dentro de una puerta de tiempo que de vez en cuando se abre «¡no lo besen mucho!», «¡no lo engrían, que es un hombre!», esas viejas palabras de negación, las viejas palabras que están en mi yo ya hombre, en mi actual negación, en mi instinto de conservación; las palabras que en un vértigo de miedo, risa y estupidez olvidé.

-(El hombre abre la puerta, lo invita a pasar, él entra tímidamente.)

Mi infancia fue un páramo en lontananza, un vaivén de amigos y adioses, y las legumbres del lunes para la buena suerte; de la primaria, periplo de sotanas y soledades, a la secundaria, intento de fuga que se quedó en el intento. Todo marchaba con su natural calma y tempestad hasta el impreciso día que la voz de mamá me presento por primera vez una incertidumbre «nos vamos a vivir a Arequipa». Y fue así, la quietísima Arequipa tan arraigable, me desarraigó; del Cusco sólo me quedaron algunas imágenes, los parientes, las llamadas telefónicas, y por supuesto algunos reencuentros.

-(El hombre saca dinero de su billetera «¿quedamos en doscientos verdad?» se los entrega, él los recibe con un temblor de manos.)

El recuerdo es un vale para resarcirse del pasado, si ese año en que mis padres decidieron que terminase el colegio en el Cusco fue el más feliz o si yo lo recuerdo así, qué más da, la arbitrariedad me está permitida y siento que mi lugar en el mundo estuvo ahí, junto a mis amigos, fumando los primeros cigarrillos, esperando a la vera de las estrellas: la noche, el alba o la vida. De aquellos días me persigue alguna nostalgia, algunos recuerdos; recuerdos que se van envejeciendo y se van transformando dejando una estela inconsistente; pero también arrastro la constante y renovada amistad de Esteban. Esteban y yo fuimos compañeros en el colegio, teníamos en común la fascinación por la misma música y el desprecio por las mismas personas, elemento esencial de la amistad, puede que no compartamos todos los gustos pero coincidíamos en animadversiones. En cuestión de carácter éramos de lo más distintos: él, cínico, ventoso, critica y avienta; yo, tímido, rugoso, calla y espera. Esteban tenía una bomba siempre a punto en la punta de la lengua, la frase zancadilla, el epíteto malsano, presto y dispuesto a la mofa descarada del provincianísimo gusto por la autocomplacencia de pretender cosechar lo que no se á sembrado; yo más que su cómplice era el testigo de sus pillerías. A él le esperaba su Lima y sus oportunidades en salsa gris, a mí, empujar la piedra consuetudinaria (la universidad) en un exilio no obligado pero tampoco deseado. Volvería a Arequipa.

-(Las luces de la noche que se filtraban por la ventana lo distraen, el hombre hace una seña con las manos (traza un círculo imaginario).)

Cayeron inertes los primeros meses en la universidad con todo ese compendio de naderías tan propias de la educación superior, que tiene poco de educación y nada de superior, ya me estaba fabricando el terno gremial, pronto sería productivo y competitivo, gerencial y ganador, así tenía que ser, así conseguiría desempeñar un papel digno en el baile de máscaras que es la sociedad peruana; mas aun no era tiempo de pensar en eso porque había un viaje en perspectiva, octubre se vestiría de reencuentro: el Cusco y Esteban, los boletos y las confirmaciones decían que sí.

-(El muchacho obedece al gesto y se da vuelta, tiembla inconteniblemente, el hombre le pregunta si se siente bien.)

Algunos reencuentros suelen ser decepcionantes, el nuestro no lo fue, era como si el tiempo no hubiera hecho su labor de devastación, sólo pasaron unas horas de buena conversación y me propuso sus planes «el 31 de octubre es el día» decía. A él le faltaba un cromo en su álbum anecdotario y, aunque fui muy enfático en negarme, me asedió su insistencia:

-Te estoy proponiendo algo que nunca en tu puta vida vas a hacer y no se trata de ninguna mariconada, hay que tener huevos para atreverse.

-La verdad…. me da un poco de roche.

-¿Roche? no me vengas con huevadas, por qué te va a dar roche si es una expresión artística como cualquiera, estamos descubriéndonos, estamos explorando nuestro lado femenino, además vas a poder entrar al baño de mujeres, vas a ver como pichinan, vas a verles la chuchita.

-Eres vulgar hasta para mí.

Vulgar o no, la idea me calentaba el estómago y para justificar un deseo sólo basta una tontería.

-(No se podía sentir peor, «¿Qué estoy haciendo?» Esa pregunta, boba, repetitiva, sin respuesta; le machacaba las sienes.)

«Y, ¿esto cuánto cuesta?» preguntó Esteban, «es de mujer» contestó la vendedora, la respuesta hizo que rabiara, «¡no le estoy preguntando si es de mujer, le estoy preguntando cuánto cuesta!», la mujer nos dio la espalda «¡Gente de mierda!, ni por vender te tratan bien». Esteban, que tenía un gusto irreprochable, se detenía, se peleaba, maldecía, todo para escoger melindrosamente nuestro vestuario.

-Ya tenemos el vestido, las pelucas, el maquillaje, sólo nos falta los zapatos.

-Para qué zapatos, con nuestras tabas nomás, ¿dónde vas a encontrar zapatos de mujer talla 45?

-¡No seas cholo!, aunque sea las mando a hacer, o quieres ponerte vestido con tus zapatitos negros calzado escolar.

-Eres peor que una mujer, nunca he visto a alguien tan quisquilloso.

-Si vas a hacer algo hay que hacerlo bien ¿no? Si un día vas a dejar que te cachen tiene que ser la mejor pinga ¿o no?

-¡Calla huevón! Por qué te gusta hablar esas huevadas en la calle

-En la calle o en donde sea, total estoy hablando de mi culo, no del de ellos

-Puta madre, a veces me avergüenza andar contigo

-Ah, me olvidé que tú también eres papachito nomás

-(El muchacho asiente con la cabeza, oye un ruido metálico a sus espaldas, dentro de sus tripas percibe un gorjeo atónito: la imperiosa necesidad de vomitar, pide permiso para ir al baño como si estuviera en el colegio, el hombre le señala la puerta con la cabeza.)

Quitamos al “Gran hermano” de la televisión y pusimos al gran Calamaro en la compactera, ya no había marcha atrás, con un suspiro a modo de manos a la obra empezamos, nos acompasaba el “rip” chusco de un rock and roll desgarbado: «hoy si que me cago en todo, nada me puede importar…» Esteban, pulso de artesano, ojo que no parpadea; pintaba algo ignoto en mi boca, mis párpados y mis mejillas, «…porque me quedé tan solo que no existen los demás…», ya no escuchaba su explicación de por qué cada color, cada sombra, me dejé ser lienzo sumergido en la mar calma de la vanidosa desidia (¿así que esto sienten las mujeres?), «…no tengo ni donde caerme, nadie va venir a verme…» a ponerse el vestido, bienvenido al vértigo, «…los potros están echando espuma, pluma mental animal…» el material, las formas, los olores, los colores, la sensación de sentirme entallado, el cuerpo moldeado, embrujado por la ropa, nada se parece a esto, «…Nada me importa más que lo que hay en la mesa y podría ser peor…» ahora la peluca, si me viera mi madre se muere, aunque siempre quiso una mujercita. «…Si nadie me cuida y estoy solo, me queda poco gas en el motor…» ¡Ahora sí, no soy yo!, soy una mujer que sacude sensualmente la peluca, ¡un espejo más grande!, «…Me quiero poner a cantar: Hoy me cago en todo…», corrí al cuarto de al lado donde había un espejo de cuerpo entero, al mirarme se apoderó de mí una soterrada vanidad, «…pero me cago en todo por amor…» me veía mejor que Esteban, en conclusión: me veía bien.

-Te ves soberbia, si hubieras nacido mujer ya habrías tenido el altísimo honor de probar mi pinga.

-Sueña nomás, en realidad estoy rica ¿no?

-Pretenciosa la putita, ¿quieres algo para los nervios?

-¿Hierba?

«…Ni hablar de la cabeza, casi no siento terror…»

-Sí- Esteban, mirándose al espejo se cogía los testículos- debe ser de puta madre cachar con este vestido puesto.

«…Vivir así de desgraciado, no me deja otra solución…»

Ya era hora de salir, pero hay formalidades que respetar. Convenimos en bautizarnos. «…Qué finita es la frontera, entre la angustia y la felicidad…»

-Yo te bautizo como Madame Bovary la puta serrana más cachera de todas.

-Yo te bautizo como Desdémona la negra chalaca más chupapingas.

«… ¿Dónde mierda está el amor?…»

Nos tomamos unas fotos, «… ¡somos la aristocracia de la desgracia!…» fumamos lo que teníamos que fumar, quitamos la canción «….» y salimos hechas unas locas a pasarnos la vida por los ojos.

-(En el baño, sin pensar en nada o pensando en todo a la vez, el muchacho decide hacerlo, respira hondo, se arma de valor y abre la puerta, el hombre lo mira, la convicción se le esfuma.)

Sonaba un beat” enardecido, la música electrónica vibraba como el sístole y el diástole de un animal próximo a la muerte, mientras la repetitiva artimaña multicolor de las luces castigaba inmisericorde la penumbra. Desdémona y Madame Bovary encontraron ideal el vértigo de esa discoteca viciosa y cosmopolita, en un barrio que se bifurca, casa a casa, entre lo mundano y lo aldeano. Sobrevino la desvergüenza, ellas, noveles en estas aficiones quisieron imponer su presencia a las demás Drag queens. Un hombre muy apuesto disfrazado de ángel invitó a Madame Bovary a bailar, Desdémona se alejó coqueteando con el ángel: «pórtense bonito», se fue como volando mandando un beso volado. El ángel le invitó una copa, ella aceptó.

-¿Cuál es tu nombre?

-Tú puedes llamarme Madame Bovary.

-¿Así? ¿Como la de la película?- preguntó el ángel.

-Sí, sí- contestó ella con una sonrisita socarrona- como la de la película.

El ángel, hablaba tratando de impresionarla, ella bailaba sin mirarlo, presa de la dictadura de los espejos, de vez en cuando deslizaba alguna frase sutilmente ingeniosa que desconcertaba al ángel.

-Eres la mujer más fascinante que he conocido.

-Fíjate que ni siquiera soy mujer- repuso con sorna.

-Bueno yo tan poco soy un ángel.

Madame Bovary se rió de buena gana, era lo mejor que había escuchado en la noche. Buscó con la mirada a Desdémona, la vio con una bella rubia en un colorido derrotero hacia el orgasmo, el beso adentrado, lascivo, el mañoso trajín de las manos, era una escena de perturbadora irrealidad. Al pasar de las horas el ángel expandió el radio de sus palabras: comenzó a hablarle de amor; ella por primera vez fue conciente de lo convencionales que son los hombres en sus intentos de consumar la noche, se mantuvo impávida con una seguridad tan diferente a su otra vida, mas el ángel no capitulaba, no menguaba su fervor nocturno, pero llegó Desdémona al rescate, apareció embriagada de todo lo que la noche le dio a beber; se había olvidado del personaje que representaba y hablaba como un hombre montuno: «¡no te imaginas lo rico que es cachar vestido de mujer!» Madame Bovary se despidió del ángel con coqueta indiferencia, este insistía suplicante que le dé su teléfono, ella le dijo: «dame tu e-mail y después vemos».

-(«¿alguna vez lo hiciste por dinero?», el muchacho niega con la cabeza, «¿lo hiciste con un hombre?» el muchacho vuelve a negar, «¡Vaya! Qué tenemos aquí: a una debutante» el muchacho siente una extraña humillación.)

De nuevo a darse de narices contra la realidad: el amanecer en su azul borrascoso, la plaza de armas tiritando en su limpieza gélida, nuevamente el carruaje es calabaza. No se me quitaba de la cabeza lo ridículos que nos veíamos embriagados y vestidos de mujer en esa decadencia duermevelas. Ya entrada la tarde comimos comentando nuestra “gran hazaña.”

-¿Qué hacías bailando tanto tiempo con ese rosquete?- Me preguntó Esteban

-Qué quieres que haga, se enamoró de mí -

-¿Así? muy rica tú.

-Para que veas.

-No te preocupes si después de anoche descubriste que te gusta la cochinada, igual te voy a querer.

-¡Nada de eso!, ya me conoces, yo tranquilo nomás, no soy tan cacheril como tú,… ah, no me has contado ¿cómo te fue con la gringa?

-No sabes cholo, ¡qué rico es cachar vestido de mujer!

-Como cincuenta veces me has dicho lo mismo.

-¡Es que es rico pues! si me dabas más tiempo me tiraba a toda la discoteca, vestirme de mujer me hace sentir que me puedo tirar a todo lo que se mueve ¿raro no?

-No es del todo raro, créeme, no es del todo raro.

Una semana después nos despedimos, sabíamos que pasaría mucho tiempo antes que nos volvamos a ver, pero igual nos prometimos repetir nuestra aventura, que de lejos era la cosa más sublevada que había hecho en mi vida, le di las gracias, textualmente: por ser tan hijo de puta.

-(« ¡Vamos!, Si no es para avergonzarse, ¿cómo te llamabas? », el muchacho responde nervioso: «Madame Bovary», «bueno Madame, sabes que desde que te vi me di cuenta, por eso te acepté el precio, bastante alto por cierto, tómalo con calma».)

«¿Qué vas a hacer solo?» preguntó mamá, «¿solo?» dije, «sí, solo» dijo, «nada» dije, «cómo que nada» dijo; algo debí decir, ella debió creerme, «cuídate hijito», volví a mentir, no me puedo cuidar en tan perniciosa compañía, la propia. Una idea no muy saludable iba creciendo como un amasijo entre los dedos hasta hacerse tan grande que se escapo de mis manos, una idea, una mirada de reojo al closet, imaginando el vestido y la peluca que duermen en su interior, una idea que desaparece y se transfigura en hechos, como un despertar en un lugar extraño; primero el tanteo, los resquemores, boquita pintada, traje y peluca pero sólo dentro de la casa, mas la influencia de la ropa dilataba mis pupilas como una droga de fácil efecto y sumamente adictiva, y en lo concerniente de las adicciones no hay medias tintas; decidí salir y fingirme un puto de esquina, un travestido malvendido ¿será peligroso? ¡Claro, es peligrosísimo!, pero las adicciones no entienden de peligros.

-(«Para mí no es fácil estar con una chica como tú ¿me entiendes no?, tengo esposa e hijos» el hombre comienza a fumar, le ofrece un cigarrillo, el muchacho lo rechaza «pero si lo intentas te voy a tratar bien, es más, estoy seguro que te va a gustar».)

Madame Bovary caminaba con regia altanería, las calles de Belén y San Pedro que destejían su trama infatigable de comercios y cuentas eran los testigos de su garbosa silueta de princesa de calzada que reclamaba al paisaje que la aceptara. Así fue. Todo resumía una exquisita decadencia, adentrándose en la interacción con los viandantes, ella experimentó las miradas, los piropos, las metidas de mano, las cotizaciones (no ajenas al regateo) todo no sin miedo, por aquí la homofobia goza de buena reputación, pero el miedo que en su otra vida lo frenaba en esta la arrojaba decidida a preguntarle a cualquier muchachito lánguido: «¿servicio joven?», mas no a los de aspecto fiero, de ellos se escondía tras su peluca para que no descubran la verdad de su género. Muchos chicos huían espantados de su propia curiosidad, uno volvió y sonriendo beatíficamente se atrevió a preguntar:

-Y tú por… por.

-¿Por cuánto?

-sí, por cuánto.

-Por tratarse de ti, cincuenta soles.

-¿Cincuenta soles? Pero si la chica de la otra esquina cobra quince.

-Entonces anda donde ella si no te parece que los valgo.

-Claro que los vales, pero no tengo tanto dinero.

-Puedes ahorrar, voy a estar un buen tiempo por aquí, no gastes tus quince soles con las otras, verás que no te vas a arrepentir.

Sabía que iba muy lejos, mas todo lo tenía controlado, y claro, no quería llevar el juego hasta el límite.

-(«Mira, no tengo más tiempo», el hombre lo inquiere con impaciencia, «si te arrepentiste dilo y me voy», el muchacho le dice que no con la cabeza, el hombre con cierta prisa lo sujeta de los hombros, le da vuelta y le levanta la falda, el pulso del muchacho se acelera hasta los extremos del vértigo, otra vez el sonido metálico de las hebillas, y ahora algo nuevo, una prominencia caliente le roza las piernas, «no voltearé jamás», pensó; un pánico galopante se apodera de él «¡no, deténgase!»)

Se vistió como cada noche, ya era una semana desde que sus fantasías expropiaron la calle, esta vez era especial, esta vez será la última; al día siguiente regresaría a Arequipa a moldear en polvo la rutina. La calle con sus primeras ráfagas de frío le repetían: «eres de aquí». Ella sentía que nada podía alterar el orden de su reino, sí, también sentía que esas penumbrosas aceras eran su reino « hasta donde llega la vista» se decía. Pero reino, mundo y todo se vinieron abajo en segundos; dejó escapar un «¡ay!» a la vez que un auto frenaba en seco, era un hombre de rubia arrogancia el que manejaba un mercedes de negra soberbia.

-¡Hola!

-Hola- contestó quebradiza.

-No había visto chicas como tú en el Cusco, tu presencia es señal de progreso.

Madame Bovary agradeció sintiéndose tonta.

-Y, ¿por cuánto?

-Por doscientos.

-Es mucho- la miró de pies a cabeza- pero creo que los vales, sube.

Calló el telón de la comedia, la calzada le exigía compromisos mayores, ella no estaba dispuesta a asumirlos pero no supo decir que no, en realidad no supo que hacer, regresó el muchacho y también se sintió perdido, la calle que le parecía exótica y bizarra se volvió tenebrosa, ya no era el, ya no era ella, «vamos, no lo pienses tanto, sube» nunca podría explicárselo por qué, pero subió.

(-No te preocupes, ¿me devuelves el dinero? ojalá mañana quieras.

-No lo creo, repuso el muchacho.

-Ya veo, dijo el hombre acomodándose el saco.)

Un latido por paso y la prisa que se anegaba en su parsimonioso andar «ya se va, ya se va» y ya se iba, su porte atlético cruzaba el umbral de la puerta, se iría y sería sólo recuerdo y quién sabe si no me arrancaría una sibilina sonrisa acordarme de esta noche, pero se volvió con una agilidad que parecía ajena a su contextura descargándome un puñetazo que me puso las estrellas a la altura de los ojos; el miedo y el dolor subyacieron al asombro, desde el suelo musitando una rabia muda miré desconcertado por última vez su rostro que expresaba una bondad luciferina.

-Lo lamento mucho- dijo sacando veinte soles de la billetera- espero que esto sea suficiente, ¿te parezco malo? No sabes, podría ser peor, podría ser malo en verdad ¿sabes lo que hago? Les hago pasar un mal rato a maricas como tú, eso me deja tranquilo,… sin rencores, ¿no? -se volvió sobre sus pasos- realmente fue un gusto conocerte, Madame….

Cusco 2006