La mujer da tres pasos, no llega a trasponer el umbral de la puerta, adelanta la cabeza como buscando a alguien; acto seguido grita con desgano, espera con desgano, se vuelve con desgano. Eso sucede después, un poco después de que el hombre la mire sin que ella se de cuenta.
-Es comprensible, sí, sí, es muy comprensible que lo quieras ocultar pero te vi.
La mujer finge no oír, pero está al tanto de cada palabra, finge recoger algo del suelo, algo que no encuentra; naturalmente hubiera preferido evitar esa plática, trata de ser todo lo indiferente que se pueda, le da la espalda a su interlocutor.
-Sólo basta que digas que sí, tú me conoces, yo no se lo contaría a nadie, solamente quiero que me contestes algunas preguntas ¿no te parece normal? Aunque contigo hablar de lo normal es muy relativo, no, no; no te vayas a ofender, no todos los días se ven estas cosas.
La mujer voltea, mantiene la mirada gacha, su actitud de sumisión no durará mucho, sus manos siguen escarbando la tierra con nerviosa impaciencia, no encuentra nada; ese silencio esperando una respuesta suya la incomoda, sus labios secos, descascarándose por el frío, siguen cerrados.
-Yo siempre he creído en estas cosas- prosigue el hombre- se podría decir que tengo la disposición para creer en estas cosas, sabes, de niño vi algo que no acabo de precisar, un hombre, sí, algo parecido a un hombre, un hombre sin pasos entrando a mi casa, si no fuera por aquella vez hoy hubiera salido corriendo, asustado, pero mírame, sólo me asusté un poco, lo razonable, pero dime ¿Desde cuándo? ¿Siempre fuiste así? ¿Qué eres?.
La mujer mueve la cabeza negando, es una negación rápida, violenta, tanto que el hombre teme que huya, pero se queda y nerviosamente desgaja su silencio.
-Joven no sé que cosas me estará diciendo, tengo que trabajar.
-¿Qué pasa?, espera, espera, ahora no vas a decirme que nada ha sucedido, no te entiendo, cualquiera en tu lugar se sentiría feliz de encontrar una persona como yo, abierta de mente para estas cosas, – el hombre hace un gesto expansivo con los brazos- no pretendas engañarme que no te será fácil.
La mujer se pone de pie sin intención de esconder su enojo, mira la puerta gravemente, talvez piensa en las cosas que le faltan por hacer, en su mañana de trabajo y sudor en la frente.
-Me va a disculpar joven pero ya tengo que irme.
El hombre con indecisión se interpone entre ella y la puerta; su rostro asustadizo trata de impostar una expresión recia, no lo consigue.
-No, no, ahora no me vas a hacer creer que me estoy volviendo loco, yo lo vi todo perfectamente, sólo te pido que me digas la verdad, con eso no pierdes nada, dime que lo que vi es cierto y ya no te molesto más, ya no te pregunto cómo lo haces ni qué eres.
-Le repito joven que ya estoy perdiendo la paciencia, tengo que trabajar, su madre no me paga por estar conversando con usted.
-¿Ah sí?, si no me das una explicación de lo que vi, de lo que hiciste, te quedas sin trabajo, ¡eso es! Te quedas sin trabajo, le cuento todo a mi madre y te quedas sin trabajo.
La mujer lo mira de soslayo, tira la cabeza para atrás sonriendo con sorna.
-Ay joven ya todos lo conocen ¿quién le va a creer?, usted para viendo ángeles, condenados, duendes…..
-¿Te estás burlando de mí?- interrumpió enfurecido- ¡sigue riéndote y te destrozo aquí mismo a patadas!.
-No joven, no se ponga así y deje que me vaya, es mejor.
La mujer hace una pausa, sus facciones se tornan distintas, cambia de entonación, su voz se torna ronca, autoritaria, casi inexpresiva; el hombre desconcertado no reconoce esa nueva voz.
-Por más que sea cierto nadie le va a creer y por su bien es mejor que se quede callado.
El hombre trata de dominarse, trata de dominar su miedo, pero se ve sitiado por su propio espanto; la mujer adelanta su presencia dos pasos, la cabeza erguida, la boca rumiando algo ininteligible, le dice algo terrible, le muestra algo terrible, le encaja una mirada terrible; sus ojos negros, fijos, desafiantes, como si todo el infierno se resumiera en ellos; consiguen rendirlo. El hombre, ya paralizado, súbitamente cae, convulsiona.
-¡Señora Juana…… al joven le ha venido su mal! ¡Venga rápido!.
La mujer se vuelve, lo mira con desprecio, no tiene la más mínima intención de socorrerlo, no lo hace. Aunque los ojos del hombre ya están idos, su miraba aun trasluce un terror indescriptible.
Cusco 2007
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