06
Ago
08

Tres Cuentos a Oscuras

El grito inevitable

De su boca, pintada con colores pálidos, prorrumpían diminutivos, apocopes, sonidos inocuos. Sus palabras aun solían ser rosas minúsculas, dulces y efímeras, acariciando la nada. Ojos de luna, sonrisa limpia, todo con lo que tenía trato la arropaba en cariño. ¿Era feliz? Si se lo preguntabas respondía que sí, asintiendo con la cabeza igual que una niña frente a un postre. ¿De noche también? ¿En noches cerradas como esta, donde un gran hoyo negro remplaza la romántica presencia de los astros?… Entre el sueño y la almohada algo le roza el muslo, una ausencia, sí, una ausencia. Un silencio o simplemente un grito. El fatal e inevitable grito de placer, de horror, de rabia; de vida. Ahora, tan en mitad de la noche como de la vida, desnuda en mitad de la noche -sin descartar la posibilidad de estar soñando- siente la inminencia de algo o de alguien. ¿Siempre tiene que ser así? Siempre. Los huracanes que rondan los jardines al sol y el horrísono lamento que se cuela después de un “te amo” muestran su hocico infeliz precisamente en noches como esta. Tú lo sabes, sólo que de día lo quieres olvidar. Confórmate con saberlo. A veces piensas que tienes un ángel que te cuida. Pero no. Cánsate. Si hay algo detrás de ti, ese algo te está empujando al ojo del huracán. Puedes abrir bien los ojos, mirar con valor, mascullar horror tras horror; o, puedes dar un respingo y refugiarte en todo lo refugiable; llorar por bobadas y olvidar lo importante, sabiendo que nada es importante. Pero ahora, en vista de que ya estás dormida será mejor callar. Ojala mañana no tengas tan presente aquel pensamiento que llevaste a la cama: «mañana seré una mujer de 30 años y, entre otras cosas, no he hecho el amor».

Tres Horas Antes

El final de la tarde pesaba sobre sus hombros como un baúl cargado de remordimientos. En tres horas todo cambiará y él quiere llegar fresco y calmado. Se sienta en una banca y prende un cigarrillo. Será mejor perderse de vista en esa fría claridad de septiembre; porque, lo importante es llegar fresco y calmado. Las personas pasan, se sientan, suspiran, tiemblan, lo miran y se van. Nada más triste que la palabra triste pronunciada al final de la tarde. Nada más triste que esa pareja de ingleses, parecen ser ingleses; pero con toda seguridad son una postal de la más ancha melancolía. Se ponen de pie, y se ven más tristes aun. Sus rostros son pálidos y duros, y si no fuera porque se han besado cualquiera diría que son hermanos. Ella sonríe con franqueza, pero con un dejo a esas modelos que salen sonriendo en cajitas de antidepresivos. También se les podría confundir con menonitas o algo así. Él no para de mirar y ella juega a hacer pompas de jabón. De un momento a otro se ríe y su risa arranca la pena más profunda. Araña el alma. Será mejor olvidarlos. Olvidar que se detuvieron en su delante torcidos como árboles celtas castigados por vientos extraños. Mejor concentrarse en lo que tiene que decir: Sabes esta tarde estaba sentado en una banca de la plaza. Observaba a una pareja. Ambos eran gigantes, altos, tan altos que parecían unas estatuas extraviadas, parecían árboles. Todas las cosas cuando cae el sol se ven tristes; sin embargo algo de ternura había en su soledad compartida. Se notaba que se eran necesarios. No voy a hablar de amor ni de nada parecido pero se notaba que el uno no podía vivir sin el otro. Ella jugaba y sonreía mientras él la miraba serio y ausente y aunque serio y ausente se notaba que no había otra cosa en el mundo que quisiera hacer que estar a su lado. Eso lo ve cualquiera que tenga sentimientos, cualquiera ve esa telaraña dura que hay entre dos personas, personas que puede que no se soporten pero que parecen irremediablemente pegadas. Aunque quien sabe hasta cuando. A lo que iba, y disculpa todos estos rodeos que son pequeñas cobardías, es a que hace tres horas estoy esperando para decirte que entre nosotros ya no hay esas telarañas de las que te hablaba y que ya no puedo seguir contigo.

El tiempo parecía haberse congelado por el frío. Le quedaban dos horas y cincuenta y cinco minutos para mejorar sus palabras.

Zaguán

Entre la luna rotunda de junio y una mole de cemento, un estadio de fútbol, ambos miraban el final de la calle. Hablaban de sexo con ingenuidad adolescente, pero también con desenfado y sinceridad. Una aureola de súbita confianza transitaba entre ellos y sus palabras haciendo menos importante el beso que se dieron la noche anterior, como si no estuvieran obligados a repetirlo. Cualquiera de los dos pudo haber dicho: chau nos vemos otro día, y hubiera estado bien. Horas más tarde todo cambió. El animal que les temblaba en la sangre se despertó. Horas más tarde lo único posible por hacer era besarse con arrobo, sólo besarse, besarse por horas a la luz de un poste o en una esquina oscura. Besarse y tocarse la piel debajo de la ropa. Besarse y descansar tramposamente, porque él le besaba el cuello y el pecho hasta donde la ropa permitía, mientras ella, al parecer, miraba las estrellas. No miraba nada. Talvez escuchaba en el interior de su piel, en el interior de su sangre la voz desnuda de miles de generaciones pidiéndole que se haga la vida una vez más. Andaron torpes de aquí para allá como la sombra de un siamés. Llegaron a un zaguán, un espacio ciego y de paso a donde llegaban los sonidos y las luces distantes de la ciudad que por hoy los alcahueteaba. Se quedaron, se tocaron más a fondo sobre el piso de piedra, de cuyo frío imposible estaban como inmunes; ventajas del deseo. El lunes siguiente, a él, un amigo le preguntó: «¿y, le agarraste el conejo?». Le pareció divertido el tono cínico de la pregunta, sin embargo le entristeció un poco su respuesta. No. No pasó su boca por sus senos; en la desordenada oscuridad no vio la piel que sentía bajo sus manos, que se movía con más descaro y, porque no, con más experiencia que él. En suma: no la penetró. Se quedaron en el zaguán del amor, en el zaguán del sexo, en el zaguán del cielo, en el zaguán de la vida. Mejor así.

Cusco 2008


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