Da la impresión que ese anciano fingiera su ceguera. El rostro en constante contemplación del infinito, la sonrisa resignada, ese paradójico relato del antepasado que cabalga lento para dejarse matar se repite en sus gestos como si toda su vida hubiera retardado el trote para ponerse a tiro; y claro, lo que dice grafica mejor esa actitud de suicidio enmarcado en valentía. Borges en alguna parte escribe que no siempre nos parecemos a lo que escribimos, y cuando lo dice sabe que miente y que es absolutamente sincero, porque el que escribe esos cuentos, esos poemas y ensayos es un adulto con los prejuicios y las experiencias de tal; pero también es el niño que no deja de fascinarce con tigres, con los misterios de la memoria, con la posibilidad de las cifras; el niño que se horroriza con los espejos. De Hecho ese anciano no finge una ceguera pero finge una edad, a todos les vendría monstruoso un niño octogenario; un niño condenado a imaginar porque no tiene con quien jugar.
Cusco 2007

0 Respuestas a “La Edad de Borges”