El Perú es un crisol de razas. Yo miro ese crisol como a un punto negro, como una ley infligida a justos y pecadores. Por mi parte estoy orgullosa de ser blanca. Quiero que se sepa también que una mujer culta no puede ser racista. Quiero también que se sepa que una mujer culta no tiene, a veces, otra opción que ser racista. ¿Qué tiene que ver con esto la raza?… El miedo lo sabe todo. Tuve a un crisol de razas en mi cama. Era hermoso y también una intolerable bomba fétida. No cabemos en una sola patria. No cabemos en una sola cama. Mi cama se ensució de resentimiento, la patria también. Mírenme, miren mi piel ¿tenemos algo en común?, mírenme bien y mírense bien. No está de más comprar un espejo. No está de más jurar ante un espejo. Hace un tiempo, en un momento cumbre de dolor, en ese momento en que a las mujeres se nos tuerce el juicio a mí se me enderezó. Juré ante el espejo nunca más abrir la pluralidad de mi cama a ninguno de color sospechoso. Miré mi rostro devastado por el dolor; me desnudé y miré mi cuerpo intacto al dolor. Pensé con risa y rabia que mi nombre debe estar en el final de muchas masturbaciones, menos de una. Siempre de entre todos hay uno que le da su nombre a la excepción. Bajito, ojos negros y duros, pelo ensortijado, y callado como una tumba. En las inmediaciones del acto temblaba como sí fuera su primera vez, y nunca era su primera vez porque todo se volvía perplejidad al descerrajarme su miembro constante y firme. Todo tenía la incertidumbre del borde de un abismo, el terror del borde de un abismo, la ternura del borde de un abismo. ¿Qué vendría después? ¿Más placer? ¿Más dolor? ¿Las lagrimas de la muerte?. Él cerraba los ojos como conteniendo el llanto, ¡mírame, puta madre, mírame!, pero el carácter, la voz y la sangre me los quebraba los orgasmos que venían unos tras otros como bocanadas del infierno. Cómo odiaba a ese mestizo atrevido. Tenía la arrogancia de un dios tutelar, eso, el dios tutelar de alguna montaña que me había escogido para tirar. Porque tirar con él era como tirar con una montaña, más propiamente dicho con una montaña fría gobernando una perdida puna, más propiamente dicho una montaña alumbrada por las ultimas luces del día; las malditas seis de la tarde. Conteníamos la respiración y nos lanzábamos a esos abismos. De tanto traficar con abismos mi amante montaña me contagió una enfermedad. Los síntomas eran: Lo odiaba con el alma y lo deseaba con el cuerpo. Lo odiaba con el cuerpo y lo deseaba con el alma. Otro síntoma: Me abrí de piernas al miedo (el miedo es el mejor amante que ha entrado en mi vagina). Y por demás síntomas: No quería vivir, pero tampoco quería la muerte porque de seguro era igual al salto al vacío junto con mi niño montaña. A veces lo engreía como a un niño, pueda ser que la ternura nos cure. Mentira. La ternura huía humillada de nuestra cama.
¡Realidad ven a mí!
¡Realidad ven a mí!
¡Realidad por favor!
Te lo pide una mujer blanca
Te lo pide en este país
Te lo pide una mujer blanca
Que lo tiene todo y no es feliz
Disculpa esta es la última noche que nos vemos. Modales ante todo. Disculpa esto ya no puede ser. Ni se inmutó; cómo se va a inmutar si es una montaña, el dios tutelar de una montaña que bajó a culearme como dios manda. Pero se acabó. Una mujer blanca no puede padecer la humillación de los apus, para eso hay tanta chola. Entre tanto me calló la boca otro orgasmo y otro y otro; y una lagrima y el terror de siempre, la soledad de siempre. No te vayas, decía balbuceando entre sueños. No te vayas, entre los barcos hundidos del placer. No te vayas, muerta de frío. Desperté y vi esto:
¡Bastarda montaña!; ¡indio resentido!, ¡lo escribiste con tu propio miembro arrancado en mí pared!, ¡en mi propia pared!. Dejaste el rastro de tu sangre inmunda por toda la casa hasta el parque del frente donde estas tirado como todas las noches de mis pesadillas, desnudo e interfecto. Por eso lo del espejo, ¡inbeciles!, por eso sé que debajo de sus miradas humildes y resentidas hay una montaña o un río esperando humillar y enloquecer a una mujer blanca como yo. No lo lograrán.
Cusco 2008

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