Aldo Parvenú

Cuatro cosas sobre Aldo Parvenú: 1) Es gerente de una empresa municipal. 2) Está casado con una señora muy encantadora. 3) Tiene una hija guapísima. 4) Es un oportunista profesional. A lo mejor hay maneras más amables de describirlo, quiero decir, adjetivos que no caigan como un hacha cortando una cabeza. Describirlo, por ejemplo, como un tipo bien relacionado y  con buenos contactos. Un tipo que carga en los modales el escudo nobiliario de las buenas familias. Alguien que sabe que decir y que callar. Un elegido con la marca del éxito en la nuca.

Antes de conocerlo en persona lo vi en la televisión, tenía el discurso insulso y voluminoso de los políticos. Claro, él no se consideraba un político, se consideraba un técnico, un operario que hace que las grandes máquinas administrativas funcionen lo mejor posible. No fueron sus exactas palabras, pero eso dio a entender la primera vez que cené con él. Fue en casa de un pariente a quien mi inopinada visita causó un rictus de resignación y de pasa por favor y siéntate que recién vamos a comer. De aperitivo me sirvieron una sonrisa de comisuras apretadas que claramente significaba: sé bueno y por favor no la cagues. Es más que seguro que aquel pariente buscaba lo que las personas buscan con Parvenú, que es aquello que Parvenú busca en mejores mesas. Ni tonto ni desconsiderado lo entendí todo. Traté de no hablar, de pasar inadvertido, de comer con corrección, de no mirar más de lo necesario a su bellísima hija. Parvenú hablaba de sí en tercera persona y hacía gala de una ignorancia enternecedora. Yo lo veía como un comediante muy cruel para consigo mismo, el comediante perfecto, aquel que no se entera que hace reír. Siguió hablando. Un sonsonete se apoderó de todo. Aplausos sin manos, la respiración del autoretratista generoso, el cincel del escultor dispuesto a construir su propia estatua donde sea. Su biografía, recreada a grandes trancos, venía cargada de frases como: “primeros lugares en el colegio”, “primeros lugares en el ingreso a la universidad”, de los “primeros en egresar”. Yo me quedé pensando, cómo será la trastienda de los que cortan y reciben tajada de la torta pública, ¿qué dioses bendicen su mesa? ¿qué tierras prometidas desvelan sus sueños? ¿padecen de dudas mezquinas, de dudas que agrian los trayectos del ascenso a los pequeños paraísos del poder? En fin. No parece ser de la clase de hombres que le den demasiadas vueltas a un asunto, especialmente, si ese asunto implica nortes abstractos, flores etéreas y sin olor como las de la moral.  Aun así, qué divertido sería verlo de rodillas ante algo que él considere sagrado, qué sé yo: la tumba de su madre, una ermita de la virgen del Carmen, una fotografía de Haya de la Torre; un delirio improbable verlo arrodillado y jurando, como cuando se toma posesión de algo, por dios y por la patria; pero, esta vez, en un juramento que muerda la verdad, que asegure que no se alineará, que no agachará la cabeza, que no la meterá, de lleno y sin pudores, en la bacinica del poder para reverenciar, recomendar y recomendarse.

Tiempo después supe más de él cuando, muy amablemente, me llevaba en su auto. Se preocupaba mucho por sus hijos, quería lo mejor para ellos y sabía que lo mejor era que estudien en Lima o en el extranjero. Se veía muy frágil ante la idea de separarse de ellos, se notaba que era un padre esmerado que estaba muy al tanto de su familia, que los quería. Seguramente sus hijos lo querían, seguro que en los ámbitos de la sobremesa era un héroe incuestionable. Imaginé a su lindísima hija besando su cara mofletuda y diciéndole: «papi te voy a extrañar mucho, mucho». Lo Imaginé hablando para no quedarse dormido, dejando atrás un día de domingo en el valle sagrado y serpenteando un discurso edificante que haga entender y gustar a sus hijos  lo que es el verdadero éxito. Esa noche al bajar de su auto me despidió con una frase: «cualquier cosa, no dudes en buscarme». En ese momento me pareció un escenario imposible. Después lo pensé, y, la bestia pragmática que habita en todos salió de su somnolencia. Ahora que la vida cierra todas las puertas a su paso, talvez sirva tener una ventana de marcos manchados, un conocido como Aldo Parvenú de gerente en una empresa municipal. Puede que no sea ni el primero ni el último convertido en lo que tanto criticó. En ver, en el reflejo de todos los espejos, aquello que detestó.

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Una respuesta hacia “Aldo Parvenú”

  1. …yo también creo que la hija de Aldo Parvenú era bellísima, e imagino que lo sigue siendo. Fuera de ello, mis felicitaciones por el impecable relato. Nos vemos, en Arequipa y en noviembre. On the Rock.

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