CUSCO WEEKEND


 

Sandra quiso abrigarlos porque con el clima de la sierra nunca se sabe. Sólo Valentina se dejó poner una chompa, Rodrigo no. Al lado, viajaba una mujer de unos veinticinco años. Era linda y buena gente a primera vista. Mientras duró el viaje, se la pasó hablando por celular con su madre, le explicaba cómo configurar el Iphone que hacía unos días le regaló y que esta se negaba a usar. Unos minutos antes de llegar terminó la llamada y se cogió la frente como agotada. A toda vista trataba de pasar por alto, siempre sonriente, los grititos intermitentes de los niños. Sandra, la mamá de Rodrigo y Valentina, la miró con simpatía y le invitó una pastillita para el dolor de cabeza. Cambiaron un par de palabras y luego chau chau, un gustazo, seguro que nos vemos por ahí.

 

Hacía un sol esplendido en Cusco y Valentina protestó por la chompa, luego las primeras fotos y mira mi amor los cerros, mira ese cielo, esas nubes, después vamos a jugar a darles formas. En San Blas les esperaba un hospedaje familiar con una huertita, ideal para los correteos de los niños, pero con cuidado, no se agiten porque la altura, ya saben, ya les he explicado y yo sé que entienden porque son los niños más lindos e inteligentes de todo el Perú. ¡Del mundo!, protestó Valentina. ¡Del universo!, agregó Sandra muerta de risa.

 

En lo que quedaba de la mañana, Sandra se la pasó buscando lo que ella denominaba: “la ropa”. La encontró después de búsquedas esmeradas y en tallas aceptables. Polos rastafaris y pantalones hippies. Antes le hizo unas trencitas a Valentina e intentó hacérselas a Rodrigo quien se negó malhumorado. Con todo y todo, para la hora del almuerzo los niños estaban vestidos al estilo hippie-mochilero-en-Cusco, una delicia para Sandra que se moría de ganas de sacarles fotos en la plaza de armas (eso sí, sin olvidar el bloqueador porque con este sol…). Valentina estaba encantada con sus trenzas y su look, Rodrigo posaba para las fotos con gestos de rudeza que a Sandra le producían una risa inmediata. Almorzaron rico y por la tarde pasearon un rato hasta que el frío los devolvió al hospedaje en donde Sandra decidió no bañarlos pero ella sí tomar un baño. Les dijo que tal vez saldría en la noche. A ambos no les gustó la idea y se lo hicieron saber con sus miradas de reprobación que devolvieron rápidamente a los dibujos animados. Sandra se maquilló ligeramente. Valentina estuvo distante –cosa rara en ella-  en los rituales de belleza de su madre. Sandra esperó, conocía los ruidos y las cadencias de sus respiraciones cuando el sueño era profundo. Los miró y se dijo que era muy difícil que despertasen por el cansancio del viaje, pobres, lo agotados que están.

 

Las primeras horas en la discoteca fueron tal y como lo supuso. Bailar un rato sola, encontrarse ineludiblemente con conocidos de Lima (mismas charlas, mismas preguntas), sentirse observada, no sentirse observada, tomarse una cerveza, sonreírle a esa oscuridad atormentada de luces e ir a buscar su casaca batiéndose en retirada. Pero un hombre la detuvo preguntándole si hablaba inglés, el hombre era deslumbradoramente guapo. Yes, off course, le dijo ruborizada, aceptándole la compañía, los tragos y las invitaciones a bailar que en el resto de la noche se sucedieron. El hombre le dijo que era australiano, que había trabajado como modelo y en algunas series de televisión de su país. Mientras le escuchaba, ella ya estaba viviendo en el futuro donde les contaba a su grupo de amigas  la noche deliciosa que estaba pasando con un galán australiano. Quiso darle más condimento a su relato aceptando la muy delicada invitación para ir a su habitación. Por qué no, si todas las invitaciones fueran así, por qué no. ¿Pero y la hora, y los niños?. Una se debe a su público, se dijo pensando en la historia que les contaría a sus amigas, además, después de un buen orgasmo una tiene más fuerzas para ser mejor madre. Sin embargo, en la habitación las cosas no se dieron. Se desvistieron con torpeza y se tocaron en distintos idiomas; la descoordinación de deseos y realidades no dio tregua. Al salir y despedirse ella fue consiente de que, en parte, fue su culpa por ese su afán de buscar beneficio/satisfacción en el menor lapso de tiempo, porque la hora era la hora y los niños podían despertar.

 

Miró la proximidad del alba caminando en San Blas. Le hubiera gustado sentarse en el suelo y escribir con toda tranquilidad sobre lo que sentía, o, en todo caso, tomar una fotografía de ese azul amanecer del cielo. Pero qué repetitiva era la voz de la responsabilidad en la cabeza: los niños, los niños. En el hospedaje la recibió una luz prendida y la dueña, una viejita buena gente que estaba con una mirada ojerosa de qué clase de madre eres, le abrió la puerta. Entró muy asustada. Le explicaron, la anciana con una tranquilidad pasmosa y Rodrigo con toda clase de groserías, que Valentina se había despertado a medianoche con unos cólicos que no cesaban. Ya le di un mate, no quiso tomárselo, quería que usted se lo dé. Muchas gracias, dijo Sandra tocando la frente de Valentina. Lo que pasa mamá que está vieja loca quería que yo orine y darle eso a Vale. Sandra se disculpó y la anciana se fue haciendo un gesto de no entiendo a esta gente, pero recomendándole en voz baja que el orín de los niños es lo mejor para todo. Sagrado o bendito, fue una de sus palabras. Sandra les dijo que tenían que disculparse con la viejita, tienen que aprender a respetar que en todos lados hay diferentes costumbres. Rodrigo no transigió: el viaje, para él, había sido una mierda, su mamá una falla y nunca más de viaje con ella, Valentina, una jodida, la vieja una loca y que se tome su propia pichi si le da la gana.

 

A la mañana siguiente Sandra estaba avergonzada y no quería dejarse ver por la viejita del hospedaje. Salieron temprano, primero a una clínica y después a desayunar. Algo ligero para Valentina y a Rodrigo mejor engreírlo con algo rico porque sino se ponía de un genio insoportable. Pasearon un poco, pero lo cierto es que estaban atontados por la altura y el cansancio, por eso, ni Sacsayhuamán ni Valle Sagrado, unas vueltitas, unas compras antes del almuerzo y después a ver la televisión acurrucados todos en la misma cama. Pero no se viene al Cusco todos los días, por eso al menos un ratito al Qoricancha a tomarse fotos y a tomar un poquito de sol. Sandra con la cámara en mano miró a su alrededor, buscando a alguien confiable que les pueda tomar algunas fotos. Sintió el sonido de alguien corriendo en su dirección y se puso en alerta. Era una muchacha que se detuvo delante de un a pareja para increparles algo. Valentina quería saber qué pasaba pero Sandra trataba de alejarlos. Una de las muchachas se fue y tomó un taxi, el hombre no hizo nada para detenerla, miraba todo con una sonrisa indiferente. La muchacha que quedó le seguía increpando entre lágrimas y, acto seguido, se fue corriendo con la misma voluntad desbocada con la que llegó, pero no llegó muy lejos porque cinco metros después tropezó y la caída fue dura, de esas que lastiman mucho. Rodrigo soltó una carcajada pero Sandra lo hizo callar conmovida por el dolor total que emanaba la muchacha. El hombre la asistió como pidiendo perdón, como renunciando a su indiferencia, como dolido por el dolor que había causado. Sandra, ante las preguntas de los niños, quiso aprovechar la escena para decirle a Rodrigo que un verdadero caballero siempre tiene respeto por los sentimientos de una mujer, y a Valentina, que no hay hombre por el cual valga la pena arruinar una amistad, pero Rodrigo protestó y le arruinó el momento aleccionador.

 

Ya de vuelta, Valentina pensaba en sus mejores amigas y lo improbable que sería pelearse por un chico. Rodrigo pensaba en la cara de sus amigos de colegio cuando les cuente que todos los cusqueños se toman su propia pichi. Y Sandra. Sandra esperaba estar sola un ratito para tomarse un buen Pisco y recordar los ojos azules del australiano, su cuerpo bronceado, sus labios delicados y darse cuenta, desapegadamente, que en esa perfección no estaba el amor, sino más bien, en las rodillas rasmilladas y supurantes de esa muchacha, en su llanto a moco tendido. Esa revelación le pareció tan cierta como odiosa. Al ladear la cabeza no pudo evitar ver, viajando al lado, a una señora de unos cincuenta años, amable y educada a primera vista. Tenía un Iphone en la mano, mientras por el celular le explicaban cómo configurarlo. Sandra, definitivamente, extrañó la pastillita para el dolor de cabeza.

 

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