Archivo de Autores para Relgis Dueñas

30
Dic
09

EL FISGÓN Y LA ORDEN

Si hay algo peor que la pomposidad de llamarle “orden” a un colegio profesional es no ser leal con esa pompa; es no darle pelota al simbolismo que eso implica. Un miembro recién incorporado debiera sentirse como un cruzado, como un caballero tocado en cabeza y hombros por una regia espada. Pero no. Parecen estar pensando en el botín y en lo bien que se siente que te llamen doctor. Usted dirá que en estos tiempos tan ruines lo que hace falta es un pragmatismo más achorado y no estar pensando en lo simbólico y en cojudeces. Yo le diré que el asunto no es tan así, que lo simbólico está en todo y en todos, que otro día le explico mejor porque hoy quiero hablar de otra cosa. La Orden. Sí. Las elecciones en la Orden.

Paso entonces a relatar lo que vi en mi calidad de intruso:

Vi inacabables colas retorcidas como sierpes ociosas. Vi rostros satisfechos, apretones de mano, abrazos sinceros. Puñaladas conjeturales también. Vi ancianos que lucen honorables y también ancianos que sí son honorables. Vi a los tocados por la buena estrella no disgustados por quedarse un rato más si eso permite recibir más saludos. Vi la sonrisa solapada de los que votan por primera vez. Vi el fastidio de los que ya están hartos. Vi que a los más antiguos, a los que llegaron primero no les gusta que los confundan con los últimos, con los advenedizos; sucede en todas partes y también en la orden; la muletilla es: «a mí sí me ha costado ganarme ésta estrella, en nuestros tiempos no cualquiera ingresaba a la orden». Vi a los cualquieras, a los cualquieras buenos y a los otros, multiplicados como por milagro de panes y peces sin culpa aparente de nada. Vi que una profesión puede llegar a ser una gigantesca cortina de humo tanto para todo un país como para el interesado. Vi a una señora esperando su turno mientras otra, con carita de no enterarse de nada, se acercaba flotando en las alas de la sobonería. Uno de sus élitros la impuso a la cola; «la doctora estaba aquí» dijo (con la misma vara que atendió fue atendida). «Si claro» pensó la señora, y desde su otra acera ideológica acariciaba una venganza contra la doctora que seguía tan angélica y marquesa, con carita de no enterarse de nada. Vi pequeñas diosas en jeens de sábado y a la mismísima Themis en sastre. Vi a las que acatan en hinojos la jurisprudencia estética de Sex and the City. Vi al baboso solemne multiplicado por diez. Marineritos que nunca se hicieron a la mar pero en sus barquitas de ínfulas saben más que el mismísimo Simbad. Vi a las lívidas doctoras “bien” con el buen hado sosteniéndoles los lentes de resina flotante en dirección al éxito. Vi la mastodóntica estupidez que habita en cualquier complejo de superioridad. Vi a una madura doctora en minifalda atrayendo sobre sí todas las lujurias cuarentonas. «Si pues, esta falda», dijo, «es que no puedo con mi genio, ¡necesito sentirme mujer!». Vi el deseo de meter chongo téngase la edad que se tenga. Vi llegar a una especie de hermandad de jeenes apretados y tatuajes en el hombro. Maduras, sonrientes pero algo desencajadas. Pactaban algo con un tipo, probablemente unas cervezas más tarde. Vi las manitos bastardas de la esperanza, disponiendo todo, moviendo todo, descomponiendo todo, esa esperanza que se extiende a los bracitos sujetados de niños que son desalojados del marasmo de los dibujitos animados con frases como: «saluda hijito a tu tío», «qué grande está» y etc. etc.. «The first thing we do, let’s kill all the lawyers», pensé con shakesperiana piconería. Piconería por la bronca infinita que me dio no ver los ojazos negros de la única abogada que me hace perder el juicio.

27
Dic
08

Extraña gravedad- La Piara

Letra & Musica: Alan Salazar,  Relgis Dueñas

Voz, bajo y  coros: Alan Salazar

Guitarra y coros: Dany Castro

Teclados:  Relgis Dueñas

Bateria:  Edson Villena

Grabación, mezcla y coros: Rony Huertas

01
Oct
08

El miedo y las seis de la tarde

El miedo nos conoce desde siempre,
nos cierra los ojos y nos muestra el camino.

Emma Constance

El teléfono la despertó de su siesta que ya se estaba extendiendo más de lo previsto. La agradable conversación telefónica concluyó con una serena carcajada que se despintó de su cara el momento que volteó hacia la ventana y vio que el sol se moría. Miró a todas partes y el silencio confirmó todos sus temores. Estaba sola. Sola en el crepúsculo de la tarde, sola en la hora mas difícil del día, de toda su vida. Recordó las infinitas tardes de miedo, recordó el miedo y lo volvió a sentir como un gas paralizante, como un hormigueo que le subía por todo el cuerpo. Comenzó a temblar con el corazón latiéndole a la velocidad de un motor fuera de borda, sin freno, sin tregua, sin piedad.
Cinco minutos después seguía petrificada. En un acto autómata, se apoyó con los hombros a la pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo. Se puso a esperar llorando, como cuando era una niña, que alguien la rescate de esa tenue oscuridad; que alguien prenda esa luz artificial. Rezó; rezó para que ese alguien sea su madre. Arrojaría sus llaves como siempre, la besaría en la cabeza, como siempre, traería algo dulce para el lonche y después junto a ella y frente al televisor olvidaría por completo la razón del llanto anterior.

El precipitoso sonido de unas llaves la regresó del recuerdo, del miedo, de todo lo que la inmovilizaba. Se levantó, prendió las luces, se secó las lágrimas y fue hacia la cocina por un vaso con agua. En el camino ensayó una atropellada justificación que le daba lo mismo que sea convincente o no: -No amor, no pasó nada, tengo algo de frío nada más…

Cusco 2004

18
Sep
08

El cuento que alguien contó

Voz: Ángela Campana.
Coros: Marita Dueñas.
Música, letras e instrumentos: Relgis Dueñas.

Cusco 2007

07
Sep
08

La Edad de Borges

Da la impresión que ese anciano fingiera su ceguera. El rostro en constante contemplación del infinito, la sonrisa resignada, ese paradójico relato del antepasado que cabalga lento para dejarse matar se repite en sus gestos como si toda su vida hubiera retardado el trote para ponerse a tiro; y claro, lo que dice grafica mejor esa actitud de suicidio enmarcado en valentía. Borges en alguna parte escribe que no siempre nos parecemos a lo que escribimos, y cuando lo dice sabe que miente y que es absolutamente sincero, porque el que escribe esos cuentos, esos poemas y ensayos es un adulto con los prejuicios y las experiencias de tal; pero también es el niño que no deja de fascinarce con tigres, con los misterios de la memoria, con la posibilidad de las cifras; el niño que se horroriza con los espejos. De Hecho ese anciano no finge una ceguera pero finge una edad, a todos les vendría monstruoso un niño octogenario; un niño condenado a imaginar porque no tiene con quien jugar.

Cusco 2007

07
Sep
08

LA MUJER Y LA MONTAÑA

El Perú es un crisol de razas. Yo miro ese crisol como a un punto negro, como una ley infligida a justos y pecadores. Por mi parte estoy orgullosa de ser blanca. Quiero que se sepa también que una mujer culta no puede ser racista. Quiero también que se sepa que una mujer culta no tiene, a veces, otra opción que ser racista. ¿Qué tiene que ver con esto la raza?… El miedo lo sabe todo. Tuve a un crisol de razas en mi cama. Era hermoso y también una intolerable bomba fétida. No cabemos en una sola patria. No cabemos en una sola cama. Mi cama se ensució de resentimiento, la patria también. Mírenme, miren mi piel ¿tenemos algo en común?, mírenme bien y mírense bien. No está de más comprar un espejo. No está de más jurar ante un espejo. Hace un tiempo, en un momento cumbre de dolor, en ese momento en que a las mujeres se nos tuerce el juicio a mí se me enderezó. Juré ante el espejo nunca más abrir la pluralidad de mi cama a ninguno de color sospechoso. Miré mi rostro devastado por el dolor; me desnudé y miré mi cuerpo intacto al dolor. Pensé con risa y rabia que mi nombre debe estar en el final de muchas masturbaciones, menos de una. Siempre de entre todos hay uno que le da su nombre a la excepción. Bajito, ojos negros y duros, pelo ensortijado, y callado como una tumba. En las inmediaciones del acto temblaba como sí fuera su primera vez, y nunca era su primera vez porque todo se volvía perplejidad al descerrajarme su miembro constante y firme. Todo tenía la incertidumbre del borde de un abismo, el terror del borde de un abismo, la ternura del borde de un abismo. ¿Qué vendría después? ¿Más placer? ¿Más dolor? ¿Las lagrimas de la muerte?. Él cerraba los ojos como conteniendo el llanto, ¡mírame, puta madre, mírame!, pero el carácter, la voz y la sangre me los quebraba los orgasmos que venían unos tras otros como bocanadas del infierno. Cómo odiaba a ese mestizo atrevido. Tenía la arrogancia de un dios tutelar, eso, el dios tutelar de alguna montaña que me había escogido para tirar. Porque tirar con él era como tirar con una montaña, más propiamente dicho con una montaña fría gobernando una perdida puna, más propiamente dicho una montaña alumbrada por las ultimas luces del día; las malditas seis de la tarde. Conteníamos la respiración y nos lanzábamos a esos abismos. De tanto traficar con abismos mi amante montaña me contagió una enfermedad. Los síntomas eran: Lo odiaba con el alma y lo deseaba con el cuerpo. Lo odiaba con el cuerpo y lo deseaba con el alma. Otro síntoma: Me abrí de piernas al miedo (el miedo es el mejor amante que ha entrado en mi vagina). Y por demás síntomas: No quería vivir, pero tampoco quería la muerte porque de seguro era igual al salto al vacío junto con mi niño montaña. A veces lo engreía como a un niño, pueda ser que la ternura nos cure. Mentira. La ternura huía humillada de nuestra cama.
¡Realidad ven a mí!
¡Realidad ven a mí!
¡Realidad por favor!
Te lo pide una mujer blanca
Te lo pide en este país
Te lo pide una mujer blanca
Que lo tiene todo y no es feliz

Disculpa esta es la última noche que nos vemos. Modales ante todo. Disculpa esto ya no puede ser. Ni se inmutó; cómo se va a inmutar si es una montaña, el dios tutelar de una montaña que bajó a culearme como dios manda. Pero se acabó. Una mujer blanca no puede padecer la humillación de los apus, para eso hay tanta chola. Entre tanto me calló la boca otro orgasmo y otro y otro; y una lagrima y el terror de siempre, la soledad de siempre. No te vayas, decía balbuceando entre sueños. No te vayas, entre los barcos hundidos del placer. No te vayas, muerta de frío. Desperté y vi esto:

¡Bastarda montaña!; ¡indio resentido!, ¡lo escribiste con tu propio miembro arrancado en mí pared!, ¡en mi propia pared!. Dejaste el rastro de tu sangre inmunda por toda la casa hasta el parque del frente donde estas tirado como todas las noches de mis pesadillas, desnudo e interfecto. Por eso lo del espejo, ¡inbeciles!, por eso sé que debajo de sus miradas humildes y resentidas hay una montaña o un río esperando humillar y enloquecer a una mujer blanca como yo. No lo lograrán.

Cusco 2008

06
Ago
08

Tres Cuentos a Oscuras

El grito inevitable

De su boca, pintada con colores pálidos, prorrumpían diminutivos, apocopes, sonidos inocuos. Sus palabras aun solían ser rosas minúsculas, dulces y efímeras, acariciando la nada. Ojos de luna, sonrisa limpia, todo con lo que tenía trato la arropaba en cariño. ¿Era feliz? Si se lo preguntabas respondía que sí, asintiendo con la cabeza igual que una niña frente a un postre. ¿De noche también? ¿En noches cerradas como esta, donde un gran hoyo negro remplaza la romántica presencia de los astros?… Entre el sueño y la almohada algo le roza el muslo, una ausencia, sí, una ausencia. Un silencio o simplemente un grito. El fatal e inevitable grito de placer, de horror, de rabia; de vida. Ahora, tan en mitad de la noche como de la vida, desnuda en mitad de la noche -sin descartar la posibilidad de estar soñando- siente la inminencia de algo o de alguien. ¿Siempre tiene que ser así? Siempre. Los huracanes que rondan los jardines al sol y el horrísono lamento que se cuela después de un “te amo” muestran su hocico infeliz precisamente en noches como esta. Tú lo sabes, sólo que de día lo quieres olvidar. Confórmate con saberlo. A veces piensas que tienes un ángel que te cuida. Pero no. Cánsate. Si hay algo detrás de ti, ese algo te está empujando al ojo del huracán. Puedes abrir bien los ojos, mirar con valor, mascullar horror tras horror; o, puedes dar un respingo y refugiarte en todo lo refugiable; llorar por bobadas y olvidar lo importante, sabiendo que nada es importante. Pero ahora, en vista de que ya estás dormida será mejor callar. Ojala mañana no tengas tan presente aquel pensamiento que llevaste a la cama: «mañana seré una mujer de 30 años y, entre otras cosas, no he hecho el amor».

Tres Horas Antes

El final de la tarde pesaba sobre sus hombros como un baúl cargado de remordimientos. En tres horas todo cambiará y él quiere llegar fresco y calmado. Se sienta en una banca y prende un cigarrillo. Será mejor perderse de vista en esa fría claridad de septiembre; porque, lo importante es llegar fresco y calmado. Las personas pasan, se sientan, suspiran, tiemblan, lo miran y se van. Nada más triste que la palabra triste pronunciada al final de la tarde. Nada más triste que esa pareja de ingleses, parecen ser ingleses; pero con toda seguridad son una postal de la más ancha melancolía. Se ponen de pie, y se ven más tristes aun. Sus rostros son pálidos y duros, y si no fuera porque se han besado cualquiera diría que son hermanos. Ella sonríe con franqueza, pero con un dejo a esas modelos que salen sonriendo en cajitas de antidepresivos. También se les podría confundir con menonitas o algo así. Él no para de mirar y ella juega a hacer pompas de jabón. De un momento a otro se ríe y su risa arranca la pena más profunda. Araña el alma. Será mejor olvidarlos. Olvidar que se detuvieron en su delante torcidos como árboles celtas castigados por vientos extraños. Mejor concentrarse en lo que tiene que decir: Sabes esta tarde estaba sentado en una banca de la plaza. Observaba a una pareja. Ambos eran gigantes, altos, tan altos que parecían unas estatuas extraviadas, parecían árboles. Todas las cosas cuando cae el sol se ven tristes; sin embargo algo de ternura había en su soledad compartida. Se notaba que se eran necesarios. No voy a hablar de amor ni de nada parecido pero se notaba que el uno no podía vivir sin el otro. Ella jugaba y sonreía mientras él la miraba serio y ausente y aunque serio y ausente se notaba que no había otra cosa en el mundo que quisiera hacer que estar a su lado. Eso lo ve cualquiera que tenga sentimientos, cualquiera ve esa telaraña dura que hay entre dos personas, personas que puede que no se soporten pero que parecen irremediablemente pegadas. Aunque quien sabe hasta cuando. A lo que iba, y disculpa todos estos rodeos que son pequeñas cobardías, es a que hace tres horas estoy esperando para decirte que entre nosotros ya no hay esas telarañas de las que te hablaba y que ya no puedo seguir contigo.

El tiempo parecía haberse congelado por el frío. Le quedaban dos horas y cincuenta y cinco minutos para mejorar sus palabras.

Zaguán

Entre la luna rotunda de junio y una mole de cemento, un estadio de fútbol, ambos miraban el final de la calle. Hablaban de sexo con ingenuidad adolescente, pero también con desenfado y sinceridad. Una aureola de súbita confianza transitaba entre ellos y sus palabras haciendo menos importante el beso que se dieron la noche anterior, como si no estuvieran obligados a repetirlo. Cualquiera de los dos pudo haber dicho: chau nos vemos otro día, y hubiera estado bien. Horas más tarde todo cambió. El animal que les temblaba en la sangre se despertó. Horas más tarde lo único posible por hacer era besarse con arrobo, sólo besarse, besarse por horas a la luz de un poste o en una esquina oscura. Besarse y tocarse la piel debajo de la ropa. Besarse y descansar tramposamente, porque él le besaba el cuello y el pecho hasta donde la ropa permitía, mientras ella, al parecer, miraba las estrellas. No miraba nada. Talvez escuchaba en el interior de su piel, en el interior de su sangre la voz desnuda de miles de generaciones pidiéndole que se haga la vida una vez más. Andaron torpes de aquí para allá como la sombra de un siamés. Llegaron a un zaguán, un espacio ciego y de paso a donde llegaban los sonidos y las luces distantes de la ciudad que por hoy los alcahueteaba. Se quedaron, se tocaron más a fondo sobre el piso de piedra, de cuyo frío imposible estaban como inmunes; ventajas del deseo. El lunes siguiente, a él, un amigo le preguntó: «¿y, le agarraste el conejo?». Le pareció divertido el tono cínico de la pregunta, sin embargo le entristeció un poco su respuesta. No. No pasó su boca por sus senos; en la desordenada oscuridad no vio la piel que sentía bajo sus manos, que se movía con más descaro y, porque no, con más experiencia que él. En suma: no la penetró. Se quedaron en el zaguán del amor, en el zaguán del sexo, en el zaguán del cielo, en el zaguán de la vida. Mejor así.

Cusco 2008

24
Jul
08

Quisiera Presentarme

Soy dios, soy Kafka

Soy el diez en la banca

Soy la mujer blanca

Apurando un Prozac

Soy la señora casada

Que escucha su nombre

En mitad de la nada

Y recuerda a alguien que amó

Soy Caín, soy Abel

Soy la piel en tu piel

Soy la sed en tu sed

Labio, Instinto, papel

Soy la infiel, la vulgar

La que quiso escapar

La verdad del amor

DOS segundos y ya

Soy la flor, el rencor

El que no te olvidó

El peor bloqueador

Bajo el sol del adiós

16
Jun
08

EL PLAGIO BAJO LA FALDA

MYSELF

Mi nombre es Silencio

Caigo al pincho por callado

Según yo, digo más de lo que piensan.

EN SERIO, PERMÍTASEME PRESENTARME

Me llamo Aureliano Buendía

Estoy vencido y con roche

Fabricando pescaditos de oro

Para

Venderlos

En San Blas

NO ME CREEN

Soy Rodon Raskolnikov

Estudio sociales en la nacional

No tengo dinero, pero tengo un

Hacha.

LA CAGUE

P

O

R

A

V

E

Z

A

D

O

MI CELDA

Aquí huele a cholo encerrado….

CAMBIEMOS

DE

TEMA

YO PRINCIPITO. TÚ ROSA

¡Ay carajo! ¿Cuándo te salieron las espinas?

YO JANE. TÚ TARZÁN

Oh, oh, oh,… oh, oh

HABLEMOS

DEL

CUERPO

QUÍMICA SEXUAL

El líquido seminal esta compuesto por dos elementos: calor y miedo.

HABLEMOS

DE

EL CUERPO Y LA NOCHE

LOOKING FOR THE HEART OF SATURDAY NIGH

-Hola ¿estás sola?

-Por favor ¿me deja pasar?

HABLEMOS

SIN

BERRINCHE

DE

DIOS

TEOLOGÍA DE LA DESESPERACIÓN

Cuando dios se manda una gran cagada

los chinos

mueren

como

moscas.

A

PROPÓSITO

DE

LAS

MOSCAS

BUENOS MODALES PARA SOLITARIOS

¡Váyanse todos a la mierda!

MÉTANSE

EL

DEDO

A

LA

BOCA

A PROPÓSITO DEL BOOM DE LA GASTRONOMÍA PERUANA

¡Váyanse todos a freír ajos!

-¿ME PERMITEN?-

A LOS POLÍTICOS

LES

HUELE

MAL LA BOCA

Tápese la nariz

y

vote.

&

bote

¡HAYA

O

NO

HAYA!

MEJOR NO HUBIERA HABIDO

Militancia política:

O cínico

O cándido

O todas las anteriores

19
May
08

Silencio (cuento)

La mujer da tres pasos, no llega a trasponer el umbral de la puerta, adelanta la cabeza como buscando a alguien; acto seguido grita con desgano, espera con desgano, se vuelve con desgano. Eso sucede después, un poco después de que el hombre la mire sin que ella se de cuenta.

-Es comprensible, sí, sí, es muy comprensible que lo quieras ocultar pero te vi.

La mujer finge no oír, pero está al tanto de cada palabra, finge recoger algo del suelo, algo que no encuentra; naturalmente hubiera preferido evitar esa plática, trata de ser todo lo indiferente que se pueda, le da la espalda a su interlocutor.

-Sólo basta que digas que sí, tú me conoces, yo no se lo contaría a nadie, solamente quiero que me contestes algunas preguntas ¿no te parece normal? Aunque contigo hablar de lo normal es muy relativo, no, no; no te vayas a ofender, no todos los días se ven estas cosas.

La mujer voltea, mantiene la mirada gacha, su actitud de sumisión no durará mucho, sus manos siguen escarbando la tierra con nerviosa impaciencia, no encuentra nada; ese silencio esperando una respuesta suya la incomoda, sus labios secos, descascarándose por el frío, siguen cerrados.

-Yo siempre he creído en estas cosas- prosigue el hombre- se podría decir que tengo la disposición para creer en estas cosas, sabes, de niño vi algo que no acabo de precisar, un hombre, sí, algo parecido a un hombre, un hombre sin pasos entrando a mi casa, si no fuera por aquella vez hoy hubiera salido corriendo, asustado, pero mírame, sólo me asusté un poco, lo razonable, pero dime ¿Desde cuándo? ¿Siempre fuiste así? ¿Qué eres?.

La mujer mueve la cabeza negando, es una negación rápida, violenta, tanto que el hombre teme que huya, pero se queda y nerviosamente desgaja su silencio.

-Joven no sé que cosas me estará diciendo, tengo que trabajar.

-¿Qué pasa?, espera, espera, ahora no vas a decirme que nada ha sucedido, no te entiendo, cualquiera en tu lugar se sentiría feliz de encontrar una persona como yo, abierta de mente para estas cosas, – el hombre hace un gesto expansivo con los brazos- no pretendas engañarme que no te será fácil.

La mujer se pone de pie sin intención de esconder su enojo, mira la puerta gravemente, talvez piensa en las cosas que le faltan por hacer, en su mañana de trabajo y sudor en la frente.

-Me va a disculpar joven pero ya tengo que irme.

El hombre con indecisión se interpone entre ella y la puerta; su rostro asustadizo trata de impostar una expresión recia, no lo consigue.

-No, no, ahora no me vas a hacer creer que me estoy volviendo loco, yo lo vi todo perfectamente, sólo te pido que me digas la verdad, con eso no pierdes nada, dime que lo que vi es cierto y ya no te molesto más, ya no te pregunto cómo lo haces ni qué eres.

-Le repito joven que ya estoy perdiendo la paciencia, tengo que trabajar, su madre no me paga por estar conversando con usted.

-¿Ah sí?, si no me das una explicación de lo que vi, de lo que hiciste, te quedas sin trabajo, ¡eso es! Te quedas sin trabajo, le cuento todo a mi madre y te quedas sin trabajo.

La mujer lo mira de soslayo, tira la cabeza para atrás sonriendo con sorna.

-Ay joven ya todos lo conocen ¿quién le va a creer?, usted para viendo ángeles, condenados, duendes…..

-¿Te estás burlando de mí?- interrumpió enfurecido- ¡sigue riéndote y te destrozo aquí mismo a patadas!.

-No joven, no se ponga así y deje que me vaya, es mejor.

La mujer hace una pausa, sus facciones se tornan distintas, cambia de entonación, su voz se torna ronca, autoritaria, casi inexpresiva; el hombre desconcertado no reconoce esa nueva voz.

-Por más que sea cierto nadie le va a creer y por su bien es mejor que se quede callado.

El hombre trata de dominarse, trata de dominar su miedo, pero se ve sitiado por su propio espanto; la mujer adelanta su presencia dos pasos, la cabeza erguida, la boca rumiando algo ininteligible, le dice algo terrible, le muestra algo terrible, le encaja una mirada terrible; sus ojos negros, fijos, desafiantes, como si todo el infierno se resumiera en ellos; consiguen rendirlo. El hombre, ya paralizado, súbitamente cae, convulsiona.

-¡Señora Juana…… al joven le ha venido su mal! ¡Venga rápido!.

La mujer se vuelve, lo mira con desprecio, no tiene la más mínima intención de socorrerlo, no lo hace. Aunque los ojos del hombre ya están idos, su miraba aun trasluce un terror indescriptible.

Cusco 2007