Si hay algo peor que la pomposidad de llamarle “orden” a un colegio profesional es no ser leal con esa pompa; es no darle pelota al simbolismo que eso implica. Un miembro recién incorporado debiera sentirse como un cruzado, como un caballero tocado en cabeza y hombros por una regia espada. Pero no. Parecen estar pensando en el botín y en lo bien que se siente que te llamen doctor. Usted dirá que en estos tiempos tan ruines lo que hace falta es un pragmatismo más achorado y no estar pensando en lo simbólico y en cojudeces. Yo le diré que el asunto no es tan así, que lo simbólico está en todo y en todos, que otro día le explico mejor porque hoy quiero hablar de otra cosa. La Orden. Sí. Las elecciones en la Orden.
Paso entonces a relatar lo que vi en mi calidad de intruso:
Vi inacabables colas retorcidas como sierpes ociosas. Vi rostros satisfechos, apretones de mano, abrazos sinceros. Puñaladas conjeturales también. Vi ancianos que lucen honorables y también ancianos que sí son honorables. Vi a los tocados por la buena estrella no disgustados por quedarse un rato más si eso permite recibir más saludos. Vi la sonrisa solapada de los que votan por primera vez. Vi el fastidio de los que ya están hartos. Vi que a los más antiguos, a los que llegaron primero no les gusta que los confundan con los últimos, con los advenedizos; sucede en todas partes y también en la orden; la muletilla es: «a mí sí me ha costado ganarme ésta estrella, en nuestros tiempos no cualquiera ingresaba a la orden». Vi a los cualquieras, a los cualquieras buenos y a los otros, multiplicados como por milagro de panes y peces sin culpa aparente de nada. Vi que una profesión puede llegar a ser una gigantesca cortina de humo tanto para todo un país como para el interesado. Vi a una señora esperando su turno mientras otra, con carita de no enterarse de nada, se acercaba flotando en las alas de la sobonería. Uno de sus élitros la impuso a la cola; «la doctora estaba aquí» dijo (con la misma vara que atendió fue atendida). «Si claro» pensó la señora, y desde su otra acera ideológica acariciaba una venganza contra la doctora que seguía tan angélica y marquesa, con carita de no enterarse de nada. Vi pequeñas diosas en jeens de sábado y a la mismísima Themis en sastre. Vi a las que acatan en hinojos la jurisprudencia estética de Sex and the City. Vi al baboso solemne multiplicado por diez. Marineritos que nunca se hicieron a la mar pero en sus barquitas de ínfulas saben más que el mismísimo Simbad. Vi a las lívidas doctoras “bien” con el buen hado sosteniéndoles los lentes de resina flotante en dirección al éxito. Vi la mastodóntica estupidez que habita en cualquier complejo de superioridad. Vi a una madura doctora en minifalda atrayendo sobre sí todas las lujurias cuarentonas. «Si pues, esta falda», dijo, «es que no puedo con mi genio, ¡necesito sentirme mujer!». Vi el deseo de meter chongo téngase la edad que se tenga. Vi llegar a una especie de hermandad de jeenes apretados y tatuajes en el hombro. Maduras, sonrientes pero algo desencajadas. Pactaban algo con un tipo, probablemente unas cervezas más tarde. Vi las manitos bastardas de la esperanza, disponiendo todo, moviendo todo, descomponiendo todo, esa esperanza que se extiende a los bracitos sujetados de niños que son desalojados del marasmo de los dibujitos animados con frases como: «saluda hijito a tu tío», «qué grande está» y etc. etc.. «The first thing we do, let’s kill all the lawyers», pensé con shakesperiana piconería. Piconería por la bronca infinita que me dio no ver los ojazos negros de la única abogada que me hace perder el juicio.

Comentarios recientes