Tienes miedo, Clarita; sin embargo, estás ahí, plantando cara sin que importe lo insegura y menudita que se te ve con los dedos acariciando el borde del vaso, sintiéndote poca cosa mientras todas han establecido, resanado o reabierto vínculos viejos y perfectamente insignificantes. Pero sonríe, por favor. Muestra, luce, exhibe la nueva mujer que eres, la vencedora, la que camina aplastando dudas, pisoteando el retal indeseable de los años de la coleta y el buzo azul y blanco que tan mal te quedaba. Olvida. Regresa al hoy. ¿Qué dijiste? ¿Chicas son unas locas?…. ¿son? Por dios, angelito estúpido, la vencedora no se puede enterrar a sí misma. Aunque es cierto, imponerte por propia cuenta, autointegrarte sin un consenso aprobatorio hubiera sido aún peor. No pues, está bien empezar así, agazapada, sencilla y humilde como una fórmula de cortesía. De a pocos, bonita, de a pocos. Di más, silenciosa paloma, di más. Verás, en este caso el método es muy simple: elogiar para ser elogiada. Sí, todas vinieron a escuchar frases prefabricadas: qué lindo tu hijo, qué guapo tu novio, qué estupendo lo de tu trabajo,  ya te graduaste ¿verdad?, que lindas tus botas y qué bien que mantengas tan regia.

-Salú chicas, por la promo.

Atenta, criatura incomprendida, sigue en lo tuyo, vamos, busca la frase y la entonación que favorezca a tu condición de chica calladita. Intenta que la entonación sea lo suficientemente contundente para que tus palabras no vayan directas al limbo de lo desapercibido, ni, peor aun, que generen el chirrido de la sorpresa, del: “y esta desde cuando aprendió a hablar”. Piensa, encanto, piensa. Lo mejor es una pregunta simple dirigida a cualquiera, un globito que, a la elegida, le produzca un irremediable placer reventar. Porque como existe la  vanidad, existe también una de las caras de la cortesía: la reciprocidad. Ese será tu dominio. Te preguntarán y ahí es donde desarrollaras tu tan ensayado resumen biográfico, pasos largos y bien afirmados hacia el éxito, y las miradas cambiaran, los rostros asentirán, las mandíbulas dibujaran el gesto del “oh” (bastante redondo), para resignarse, al final, a pronunciar un “qué bien”, y así, inexorablemente ascenderás al altillo que es tuyo, al que siempre perteneciste. Pero eso depende de lo que digas.

-Y… Natalie, ¿sigues enamorada?

Qué bruta eres,  eso no se pregunta así, y menos delante de todas. Ya está, ya está, compostura, mujer, vamos, deja de rasgar la servilleta. No te dejes subyugar por la compasión, por el desamparo de sus ojos negros y hermosos, por su carita triste y agachada. Luego le dices que lo sientes y te explicas mejor. Aunque es probable que tus palabras generen un efecto diametralmente contrario al que habías planeado, puede que  generen una solidaria conjura contra ti. Sí pues, al preguntarle eso a Natalie, le estás enrostrando su desdicha, su condición lamentable y abandonada. Querrán vengarse, querrán hacerte sentir mal, en fin, ¿de qué se pueden valer?, nadie te conoce realmente, nadie te siguió de cerca todos estos años, sólo les queda el pasado. Un recurso simple, infantilísimo y patético. Qué ingenuas son si pretenden fastidiarte con esos murmullos, piensan que eres la adolescente de hace diez años, la frágil, la infeliz, la que bañaba de lágrimas los helados de la salida del colegio, sin amigas y sin nada que se le parezca ni siquiera a las falsas caridades. Ahora lo puedes todo. Has vencido. A pesar que sus bocas malévolas te hagan escuchar ese vedado sobrenombre, a pesar de tu carita moribunda, has vencido. Qué importa que sus palabras dichas a medio labio te oscurezcan, como hace diez años, el color de la piel. Oscura, oscura: tú, la morenita bautizada en los rituales de la crueldad adolescente como “Clara”.

-¿Por qué te vas?

Siente el aire frío, llénate de él y, sobre todo, no voltees. Entre las posibilidades estaba que esto podía acabar mal. Después llamas y dices que te pusiste enferma, que no acostumbras beber y que algo te cayó mal.

-Cintia, espera, no te vayas sola

– ¡Mi nombre es Clara…, perras!

No conozco a más de diez personas dispuestas a votar, o defender, o  argumentar, o sostener su voto por la hija de Fujimori. En la década de los noventa, en cambio, no eran más de diez gatos, por así decirlo, los que se mostraban en contra de todo lo que representaba el fujimorismo. Más allá de la falta de rigor numérico, lo que quiero dar a entender es que ahora, el fujimorismo se lleva como un vicio sectario, como una enfermedad inconfesable. No como en los noventa en los que el fujimorismo se llevaba con ese orgullo de mayorías, con esa valentía de mayorías, dudosa valentía dicho sea de paso.

En mayoría cualquiera no sólo es valiente, sino además atrevido.

La pasión fujimorista de los noventa atravesaba, sin problemas, desde el riquerío optimista hasta la otra punta de la peruanidad: el arenal desdentado. En suma, se propagó como una metástasis. Ya sé, metástasis es una palabra durísima y sagrada; no debería usarla y pido perdón por ello; sin embargo, cuando me acuerdo de los noventa, de los políticos de los noventa, de la prensa de los noventa, del fujimorismo de los noventa, de los electores de los noventa, se me viene irremediablemente a la cabeza la palabra metástasis. Quizá haya algo de tremendismo en lo que digo, quizá sólo fue un tumor, un bicho, un bulto diestramente extirpado, total, hemos sobrevivido.

¿Viste cuántos países que ya no existen?

¿Viste cuántos países que ya no existen?

Y estamos aquí, como si los noventa fueran un pasado que ya no nos pertenece. Está bien, los noventa pertenecen a un siglo pasado, sin embargo, son muy pocas cosas las que nos separan de los noventa, pocos años diría yo. Podría ser, perfectamente, ayer cuando se hizo del noble oficio de las geishas, una rutina practicada por gentes sin más talento que la genuflexión. Podría ser ayer, perfectamente, porque esas gentes siguen a la cabeza de programas de televisión y aquí no pasó nada. Pero hay eventos que no se sienten como si hubieran ocurrido ayer, eventos que están más bien resguardados en la caja negra de las pesadillas. No sé. Un grupo de adolescentes exquisitas (de los noventa, claro está), cuchicheando lo lindo que es el “chino”, lindo en el sentido estético, lindo en el sentido que se refiere a la belleza física. El poder no embellece, sólo nubla los ojos de quien no lo tiene. Y el horror que da conjeturar, conjeturar a esas adolescentes ofrendando, de muy  buena gana, la virginidad, o lo que queda de ella, al Minotauro sonrisa-de-lado.

Un horror que seguramente no pasó, pero un horror harto probable.

Todo es posible, todo puede pasar, todo, menos que el elector se equivoque.

No. El elector no se equivoca nunca.

Por supuesto que el elector no anda buscando el gobierno de los mejores, ni la opción política menos errada. Al decir que no se equivoca, quiero decir que encuentra lo que busca.

El elector no quiere aburrirse.

La democracia aburre, es lenta, sus juegos de artificio no compensan sus rigores. El abismo es, en cambio, atractivo. Mirarlo de cerca hipnotiza, hipnotiza porque el abismo devuelve la mirada y eso es como vivir en sus profundidades sin necesidad de lastimarse. Ciertamente, nadie es tan tonto como para dejarse caer. Solamente acercarse, mirarlo, estar cerca y ver cómo se derrumba todo, mientras nosotros estamos aquí y el abismo está tan allá.

Nosotros aquí y los noventa allá.

Eso sí, los noventa no fueron el fondo del abismo. Un gobierno corrupto, nada más, un gobierno que no le hacía ascos a las manchas de sangre, un gobierno con unas voceras que profesaban una soberbia y una estupidez legendarias. Una mayoría que endosó su libertad y, eso sí, muchos técnicos. Sin embargo, la gente vivía, dormía, comía, tiraba, soñaba, y deseaba con la misma cotidianeidad con la que la gente vivía, dormía, comía, tiraba, soñaba y deseaba en los tiempos de los campos de concentración, claro, a excepción de las víctimas, de las víctimas y de los parientes de las víctimas, que eran, a decir verdad, también víctimas pero en distinto grado. No, para ellas la cotidianidad fue un lujo inalcanzable. En ese sentido, se recomendaba en los noventa, no ser un opositor rabioso en público, por eso de las mayorías, por eso de la valentía de las mayorías que fácilmente se podía convertir en la cobardía de los delatores. Retomemos eso de que en los noventa se soñaba y se deseaba. Se deseaba, como en cualquier época, como en la democracia más perfecta, cosas básicas: una vida mejor, un Perú mejor. Incluso la hija de Fujimori, seguramente también suspiró deseando viajes, aventuras, amores gallardos, un Perú mejor, una vida mejor. Pero el poder, ese juguete que su padre manipulaba obsesivamente y que nunca llegó a comprender le mordió el corazón también a ella. Pido un segundo de reflexión por las gorditas tímidas, románticas, amables, sensibles, puras, que se convirtieron, o fueron convertidas en maquinarias de guerra.

¿Cómo sucedió eso?

¿Por qué sucedió eso?

¿En qué momento sucedió eso?

¿Realmente sucedió eso?

La actitud frente al destino, si es que lo hay, debiera ser, principalmente, la de escapar o tratar de escapar al destino de nuestros progenitores. La actitud de perseverar en aquello que torció, destruyó y desgració el destino de sus padres, es una razón suficiente para no votar por la hija de Fujimori, para no confiar en su buen juicio, para sospecharla de imbécil,  para regresarla del delirio o del trance con un vaso de agua fría.

Errar es humano, perseverar es diabólico.

Pero el divino pueblo, que es sabio, la quiere.

Extraña sabiduría del pueblo

¿Qué entendemos realmente por pueblo?

Sabiduría de suicida que sabe que no se atreverá.

Sabiduría de equilibrista al borde del abismo.

No obstante, como ya dijimos, nadie se arroja al abismo. Nadie, menos aún, aquella extraña tribu inconexa llamada: “los peruanos”. Nosotros no. Nos acercamos, lo olemos, oteamos la posibilidad de una caída, nos embobamos con él. Pero sólo miramos al abismo como un acto contemplativo, nada más, para no pensar, para  no aburrirnos.

Empiezo a creer realmente que Alfonso Ugarte nunca se arrojó con la bandera.

-”Ars longa, vita brevis, … iudicium difficile”

¿Y eso qué significa?

-Ni idea

-…

-…

-Ya es tarde ¿no?

-Sí. Ojala no vengan esos piojosos, hoy no quiero renegar

-Qué hacemos

-Esperar nomás. De paso vaya contándome la película

-No le presté mucha atención a la primera parte.

-No importa, desde donde recuerdes

-Ya. Comienza con un grupo de militares llegando a un planeta. La escena hace recordar un poco a las películas de Vietnam, aunque, la voz que narra, enfatiza que son soldados que antes pelearon por la libertad y que ahora son mercenarios.

-Con que antes pelearon por la libertad, claro, claro.

-El caso es que son reclutados por una especie de transnacional, en este caso una transplanetaria dedicada a la extracción de un mineral carísimo. Dan a entender que los nativos del planeta están dando problemas, y, para lidiar con ellos tienen dos opciones: la fuerza militar….

-Tan razonable como siempre

-Y la otra opción es la ciencia, la observación… entre estas dos opciones está el protagonista, que es un muchacho lisiado.

-¿Lisiado?

-No puede caminar y anda en silla de ruedas

-¿Y cómo quedó así?

-Que yo recuerde, no lo dicen, sólo dicen que es un ex marin

-A lo mejor quedó así “luchando por la libertad”

-El caso es que llega para reemplazar a su hermano, que es científico o algo.

-¿Y qué pasó con el hermano?

-Parece que murió

-Qué mala racha ¿no?, pobres de los padres… esto empieza mal.

-Bueno sí, eran gemelos. Como el muchacho lisiado es militar, los científicos no lo reciben bien.

-Ahí sí que se equivocan. Por más mal que te puedan caer los milicos, la ciencia le debe muchas cosas a las botas.

-Se supone que han desarrollado una tecnología que logra transvasar, no sé si es el término adecuado, el alma de un ser humano en el cuerpo de un nativo de ese planeta. Eso, como tema de ciencia ficción, me parece muy interesante. Ahí viene una escena por la cual esta película se me antoja defendible. Se ve en una especie de estanque al Avatar del protagonista. Uno se siente impactado ante esa criatura majestuosa.

-¿Tanto así?, vaya, yo me sentí impactado con Megan Fox, que sí que es una criatura majestuosa, y sin embargo, Transformers no se me antoja defendible…, vaya palabritas que traes… Pero tranquilo, algo en tu torvo mirar me dice que estás hablando en serio…

-Esos seres azules son preciosos todos, una maravilla sacar de la nada seres tan bellos…

-Tengo un colega que me habló de la protagonista azul, hasta fantasías con ella tenía. Me habló de un mujerón de cinco metros que hacía ruidos como de gata cuando estaba caliente y que a la menor gracia te podía descuartizar como a un insecto. ¿Es cierto eso?

-Algo así.

-Se las saben todas esos canallas.

-El caso es que el protagonista, ya en plena posesión de su Avatar, es admitido por los nativos, y deciden, mediante la chica azul, reeducarlo.

-Ya, no digas más… y lo reciben bien, y le enseñan nuevas cosas, y así, tiene un conflicto de lealtades entre el mundo de los suyos, en donde es un lisiado, o sea, alguien que está al margen, y el bravo mundo nuevo, en donde su extranjería, su exotismo, lo convierten en una suerte de macho alfa ¿estoy en lo cierto?.

– Me olvidé de decir que le ofrecen unas piernas nuevas si se pone de parte de los suyos.

-Eso ya huele a remache, a parchada de última hora, aunque quizá no lo sea. En ese caso, todo parece indicar que esta película es una reedición deliberada del mito del buen salvaje, tan antiguo como un borracho pobre y marginal, llámese Baudelaire, Gauguin o Stevenson, soñando con alguna lejana isla de ultramar en donde personas primitivas y siempre buenas le van a brindar lo que en casa le fue negado. En este caso, ya no se trata de un buen salvaje de aquí nomás, cruzando el charco, sino del buen salvaje interespacial, aquel que nos recuerda que nuestro mundo está equivocado, que hay que volver a lo natural, lo cual, como idea te puede parecer convincente o ingenua, pero lo paradójico es que te diga que hay que volver a lo natural y a lo esencial, precisamente, una película que se ha gastado millones en nuevas tecnologías.

-A lo mejor es una estrategia, no sé, la mejor manera de dar un mensaje, llamar la atención sobre ciertos temas, ponerlos a debate, sensibilizar a la gente…

-Ahora te digo, hay un montón de libros, de películas, de canciones, con esa intención, y no, no buscan ningún debate, buscan convicciones, o como amorosamente llamas: la sensibilización. Quieren llevarte de la manito por el sendero de lo correcto.

-Entonces de qué quiere que se hable.

-De lo que sea, pero que no se quieran pasar de pendejos haciéndote creer que son películas virtuosas, contestatarias, valientes. En sí, lo que pretenden es darte desmenuzadito el origen del mal y los caminos de la virtud, y así, si te reducen la diferencia entre el bien y el mal en términos primariosos ¿para qué te vas a molestar en pensar, en cuestionar algo?. Se parece un poco a lo que hace Disney, hacerte creer que las cosas son estáticas, fiables, que los buenos son fácilmente reconocibles y que los malos, son malos irremediablemente.

-….

-Creo que te he arruinado la película y no es tu culpa, ni es culpa de la película, ni de James Cameron, es este cielo gris, son estas ganas de morirme. Pero si puedes verla otra vez, hazlo, y me la cuentas de nuevo. A lo mejor la próxima que me la cuentas me gusta.

Paraguas, parachoques, parasol

Condones con triple protección

(contra el sida,

contra el embarazo,

contra el amor)

Seguro oncológico -el mejor-

Cercas con guardas que no duermen

Cancerberos que ladran y que muerden

Vitamina “B”

FE

FE

FE

Todo, tiene ya,

Su aspita en el costado

Todo, tiene ya…

Y sin embargo

Alguien, alguien, alguien

en la oscuridad,

en el miedo,

en el frío

Se ríe

Se ríe

Y se ríe

 

Es la santa y pura verdad: el Facebook es más que un grupo de chicas fotografiándose con sus mejores jeens. Estoy viejo pero no tonto. Cómo no me va a conmover ese prodigioso invento que dibuja sonrisas en las caritas iluminadas del futuro del país (¡del mundo!, me dirás). Tendría que ser un descorazonado para renegar de la dicha que en la adolescencia no tuve.

Eso sí

Ojo, pestaña y ceja con la moraleja:

No es bueno saberlo todo

No es bueno decirlo todo

Con unos minutos al día es más que suficiente

(más tiempo podría empañar los vidrios de la virtud)

Aquí un breve paréntesis

Una señora preguntó: ¿qué será eso del Facebook?.

No tuve corazón para decirle que su hija se unió al grupo:

“yo también quiero el cuchillo de la Llamoja”

Fin del paréntesis.

Ya en serio

¿Qué es el Facebook?

¿Y tú me lo preguntas? ¡Facebook eres tú!

Pero ¿qué es en verdad?:

¿un súperagentedelrecontraespionaje?

¿la verdadera palabra del mudo?

¿un pequeño alivio existencial?

¿exhibicionismo terapéutico?

¿la rentabilidad de la infracultura?

¿el lado aséptico de la amistad?

¿el muro de los contentos (no tengo idea pero “me gusta”)?

¿todas las voces, todas?

Busque la respuesta en su corazón.

La galleta de la fortuna no la tiene.

Pseudo ciencia de Facebook

Desde que el hombre es hombre siempre ha querido mirar

Desde que la mujer es mujer siempre ha querido mostrar.

El Facebook civiliza este impulso, que es tan natural como la envidia.

Ya no nos tenemos que romper la crisma para ver a Remedios la bella.

Gloria al altísimo, al altísimo Mark Zukerberg.

Sociología de Facebook

Dicen los expertos que una persona sólo puede con 150

Que pasadas las 150 personas, los vínculos se corrompen

Por eso, escoge bien y vaya borrando

Con esta sí

Con esta no

Con esta señorita me canso yo

El amor en los tiempos de Facebook

Se sabe de más gente que se ha divorciado por culpa del Facebook

Que de gente que ha encontrado a su media naranja

Dura es la ley, pero es la ley

Times they are a Changing

Ahora no hay beso comunicante que valga

«si me borras de tu lista de amiguis

no te lo perdonaré nunca jamás».

They’re Changing for me

Yo mismo me puse a llorar como un niño cuando mi Fermina Daza me envió una solicitud de amistad (¿no sabes quién es Fermina Daza? entonces pregúntale a la Gran “G”… ¿God?… no, darling, GOOGLE).

Elitismo de Facebook

Se comprueba en Facebook

La máxima del maestro Víctor Hurtado Oviedo:

“La vulgaridad no sólo es privilegio de los pobres”

Teoría del discurso para Facebook

Esta teoría toma en consideración

El texto y el contexto

Tanto lo que se dice como lo que se calla

(Interesante lo que se calla en Facebook)

Se sugiere utilizar las siguientes unidades de análisis:

):

(:

=)

XD

;(

=(

;(

(o:

)o:

=P

)-:

(-:

Para terminar

y no cansar tus internáuticos ojitos….

Una noticia de último minuto:

En Silicon Valley or whereever

Saben muy bien que pronto nos aburriremos

(“la esencia más íntima de cada ser consiste en una voluntad bruta y ciega, en un deseo insaciable que nos obliga a buscar sin cesar nuevos placeres y diversiones que nunca nos colman”)

Por eso, en este momento

Están inventando una nueva aplicación

Benditos sean.

Un hombre sueña con un hombre que se transforma en otro hombre. Despierta horrorizado y fascinado a la vez. Se pone a escribir y escribe horas, días, semanas. No le vendrían mal un poco de éxito y respeto a sus años. Termina, y lleno de expectativas le lee a su mujer el relato. Ella, con imperturbable frialdad le dice que no, que no le gustó. Se produce una discusión tremenda y él abandona la casa con su metro noventa encorvado de rabia. Más calmado, le da la razón a su mujer, arroja los papeles al fuego y, con las mismas, empieza de nuevo. Al cabo de un tiempo, concluye el libro que había estado persiguiendo toda su vida. Lo titula: “El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde”

Un hombre que ama

Es cualquier esquina oscura

Elevada a la condición de altar.

Así recuerda el infeliz:

“Aquí, donde dos caminos se cruzan

Me dejaste, en plena lluvia, plantado.

Me dijiste que no, Me engañaste”

Un hombre que ama

Son unos ojos estúpidos

Llorando a cualquier dirección

De preferencia hacia el mar

Pero aquí que no hay mar

lloramos hacia la luna enloquecida

Un hombre que ama

adora resignado

Los defectos de su amada

De su niña bonita

De su conejita idiota

Tolera carteras horrorosas

Zapatos blancos que no combinan con nada

Miradas azotadas con desprecio

Maquillaje de noche utilizado de día

Admite, cómo no,

Comentarios clasistas

Comentarios elitistas

Comentarios racistas

Cometarios ultracatólicos

Silencios largos y atronadores

Frases de desgarradora ignorancia

Esnobismos de cigarrillo mentolado

Ensoñaciones de almas fenicias

Eso tiene que soportar el hombre que ama

Eso y, peor aun:

el buen  gusto de su amada

su ÉXITO absoluto sin él

Su inteligencia

Ah, como duele la inteligencia de la amada

Puñal sangriento get in get out

Cómo duele su sabiduría, su frente de mandataria

su total y absoluta independencia

No queda ni el consuelo de la imperfección

Un hombre que ama escucha tiritando

Las aventuras sexuales de su amada

Descripciones agudas y sabias de falos ajenos

“Te cuento esto porque eres mi mejor amigo”

Y el desventurado no entiende

Que lo está haciendo todo mal

El hombre que ama

No entiende, precisamente eso:

Que lo está haciendo todo mal

Cuatro cosas sobre Aldo Parvenú: 1) Es gerente de una empresa municipal. 2) Está casado con una señora muy encantadora. 3) Tiene una hija guapísima. 4) Es un oportunista profesional. A lo mejor hay maneras más amables de describirlo, quiero decir, adjetivos que no caigan como un hacha cortando una cabeza. Describirlo, por ejemplo, como un tipo bien relacionado y  con buenos contactos. Un tipo que carga en los modales el escudo nobiliario de las buenas familias. Alguien que sabe que decir y que callar. Un elegido con la marca del éxito en la nuca.

Antes de conocerlo en persona lo vi en la televisión, tenía el discurso insulso y voluminoso de los políticos. Claro, él no se consideraba un político, se consideraba un técnico, un operario que hace que las grandes máquinas administrativas funcionen lo mejor posible. No fueron sus exactas palabras, pero eso dio a entender la primera vez que cené con él. Fue en casa de un pariente a quien mi inopinada visita causó un rictus de resignación y de pasa por favor y siéntate que recién vamos a comer. De aperitivo me sirvieron una sonrisa de comisuras apretadas que claramente significaba: sé bueno y por favor no la cagues. Es más que seguro que aquel pariente buscaba lo que las personas buscan con Parvenú, que es aquello que Parvenú busca en mejores mesas. Ni tonto ni desconsiderado lo entendí todo. Traté de no hablar, de pasar inadvertido, de comer con corrección, de no mirar más de lo necesario a su bellísima hija. Parvenú hablaba de sí en tercera persona y hacía gala de una ignorancia enternecedora. Yo lo veía como un comediante muy cruel para consigo mismo, el comediante perfecto, aquel que no se entera que hace reír. Siguió hablando. Un sonsonete se apoderó de todo. Aplausos sin manos, la respiración del autoretratista generoso, el cincel del escultor dispuesto a construir su propia estatua donde sea. Su biografía, recreada a grandes trancos, venía cargada de frases como: “primeros lugares en el colegio”, “primeros lugares en el ingreso a la universidad”, de los “primeros en egresar”. Yo me quedé pensando, cómo será la trastienda de los que cortan y reciben tajada de la torta pública, ¿qué dioses bendicen su mesa? ¿qué tierras prometidas desvelan sus sueños? ¿padecen de dudas mezquinas, de dudas que agrian los trayectos del ascenso a los pequeños paraísos del poder? En fin. No parece ser de la clase de hombres que le den demasiadas vueltas a un asunto, especialmente, si ese asunto implica nortes abstractos, flores etéreas y sin olor como las de la moral.  Aun así, qué divertido sería verlo de rodillas ante algo que él considere sagrado, qué sé yo: la tumba de su madre, una ermita de la virgen del Carmen, una fotografía de Haya de la Torre; un delirio improbable verlo arrodillado y jurando, como cuando se toma posesión de algo, por dios y por la patria; pero, esta vez, en un juramento que muerda la verdad, que asegure que no se alineará, que no agachará la cabeza, que no la meterá, de lleno y sin pudores, en la bacinica del poder para reverenciar, recomendar y recomendarse.

Tiempo después supe más de él cuando, muy amablemente, me llevaba en su auto. Se preocupaba mucho por sus hijos, quería lo mejor para ellos y sabía que lo mejor era que estudien en Lima o en el extranjero. Se veía muy frágil ante la idea de separarse de ellos, se notaba que era un padre esmerado que estaba muy al tanto de su familia, que los quería. Seguramente sus hijos lo querían, seguro que en los ámbitos de la sobremesa era un héroe incuestionable. Imaginé a su lindísima hija besando su cara mofletuda y diciéndole: «papi te voy a extrañar mucho, mucho». Lo Imaginé hablando para no quedarse dormido, dejando atrás un día de domingo en el valle sagrado y serpenteando un discurso edificante que haga entender y gustar a sus hijos  lo que es el verdadero éxito. Esa noche al bajar de su auto me despidió con una frase: «cualquier cosa, no dudes en buscarme». En ese momento me pareció un escenario imposible. Después lo pensé, y, la bestia pragmática que habita en todos salió de su somnolencia. Ahora que la vida cierra todas las puertas a su paso, talvez sirva tener una ventana de marcos manchados, un conocido como Aldo Parvenú de gerente en una empresa municipal. Puede que no sea ni el primero ni el último convertido en lo que tanto criticó. En ver, en el reflejo de todos los espejos, aquello que detestó.

Lejos del mar, tengo entre manos un libro que habla, entre otras cosas, del mar. Imagino a la autora apagando un pucho frente al océano Pacífico, la imagino imaginando cómo sería su vida si hubiera sido la amante de Hemingway, la hija de Hemingway, o, al menos, la nieta de Hemingway. Es mía la suposición que el escritor norteamericano personificado en el libro pudiera ser, también, la alegoría de algún allegado de la autora. Esa conjetura, por supuesto, puede ser errónea.

El libro se llama “Moby Dick En Cabo Blanco” y la autora es Irma Del Águila.  El libro se lo regalaron a un amigo y este, muy amablemente, me dejó leerlo primero. Hablar de dicho libro desde la posición de lector, responde al hecho de dar cuenta de detalles o puntos de vista que, a lo mejor, no han sido señalados sobre esta novela. En otras palabras, es una apreciación que no pretende colgarse medallas que la legitimen, ni tampoco, pretende tirar la piedra y esconder la mano bajo el pretexto de que es “mi humilde opinión”.

En general, no es un libro ambicioso, pero tiene partes en las que la autora asume riesgos importantes. No en la primera parte del libro, en donde, con el lenguaje correcto de reportaje novelado, construye, en base a testimonios, la estadía de Hemingway en Perú, más específicamente, en Cabo Blanco. Por momentos llega ser un banquete para los que gustan de anécdotas que componen la trastienda de un escritor. Esta primera parte, está también, matizada por imágenes de la protagonista mirando al mar y mirando su pasado, un pasado que es habitado, además, por un muchacho llamado Martín. Esa mirada de mujer espiritual y complicada es solemne y sin concesiones. Por otra parte, para contar el recorrido de Hemingway la autora le pone voz a ex pescadores y a ex trabajadores de un club de pesca. Recoge el habla del hombre común sin  filtros estéticos ni rigores artísticos, como si la literatura fuera cosa, nada más, de escuchar y transcribir, como si Vargas Llosa y Arguedas no se hubieran devanado los sesos por darle una estética al habla del peruano común, y como si sólo hubiera existido Roncagliolo que cree que todo se soluciona con un: “desconozco mayormente”.

En la segunda parte se suma uno de los puntos más altos del relato. La presencia de Martín en sueño y en carne, transitando clandestinamente su opción sexual en una Lima fantasmal. En esa segunda parte están, también, las páginas más ambiciosas del relato: la voz de Hemingway. La apuesta es alta y por momentos creíble. No tan creíble como cuando Bolaño le pone voz a Monsivais o cuando Savater hace lo propio con Oscar Wilde. Sin embargo, el conocimiento del personaje deja bien librada a la autora, quien escribe sus mejores líneas en la tercera y última parte en donde los personajes masculinos se encuentran en un dialogo de ultratumba, un dialogo entre dos almas torturadas que, al final del camino, parecen restarle importancia a las tensiones y vanidades que lastimaron sus respectivas existencias.

Con sus sumas y restas, es un libro que merece ser leído. Un libro con imágenes muy poderosas. Imágenes que muestran lo que la autora quiere  y; sin embargo, el lector puede encontrar algo más. Como en la foto que acompaña la edición, en donde se observa la imagen de la autora contemplando el mar, pero la visión del lector puede ir más allá, y aquí perdonen la vulgaridad, porque el lector no sólo ve los ojos nostálgicos y la espuma del mar asediando los pies de la autora, el lector también le mira el escote.

Al muchacho que fui, delgado y de diecisiete años, le parecía bacán el malditismo que hay en la vida de algunos músicos y escritores. Por ello, imaginaba mi futuro como el aullido de un lobo solitario yendo de putas y bebiendo la resaca de una vida atiborrada de sexo, drogas y rock and roll. ¿Y quién no ha sido un poco baboso de chibolo?. En sí, me fascinaba la soledad como idea y como posibilidad (soledad, claro está, en términos de pareja). Soledad ¡Qué palabra!. Encerraba, para mí, una estética bohemia, como vivir en un poema o en una película nostálgica. Encerraba además, una forma de ser rebelde, que es también, una forma de ser valiente. Ya después, cuando recorrí, más o menos, cierto tramo de soledad, el juego no me pareció tan gracioso. Vi que estar en la peor compañía, la de uno mismo, suele ser un poco peligroso y que uno tiene que estar atento para no enfangarse el alma y no convertirse en un miserable, no sólo un canalla moral, sino en uno tipificado en el código penal. Bien dice Cerati: “el diablo frecuenta soledades”.

Por otra parte, el solitario no es, como piensan las “respetables” mayorías, un ser humano incompleto, disminuido, digno de compasión. Nada de eso. Un solitario (o solitaria) tiene las mismas posibilidades de ser feliz o infeliz que cualquiera. Claro, con un distinto ángulo de observación, otros problemas, otras necesidades, y porqué no, como lo dicho líneas arriba, con mayores responsabilidades.  La imagen del mundo de quien lo observa desde el centro, en una cama matrimonial padeciendo la rutina, y de quien lo observa desde la periferia, caminando enbufandado en compañía de sus pensamientos, no tiene porqué ser excluyente. Esto además, si se toma en cuenta que la característica común de ambos es la, tan humana, inconformidad que hace que el uno desee la vida del otro, al menos por unas horas.

Uno no siempre elige estar solo. No es necesariamente un castigo por ser egoísta (hay almitas muy oscuras que gozan de compañía, incluso, de muy buena compañía).Tampoco la soledad es una medalla al dudoso merito de ser “diferente”, “complicado”, “único”. Es, tan sólo, una circunstancia que se  transita, y mejor si se transita con ánimo parejo, saboreando sus ventajas y soportando sus rigores. No creo que sea una calamidad ni una bendición. Se parece más a un viaje, un viaje del que, algunas veces, no se vuelve, o caso contrario, se vuelve con las maletas cargadas, con la sonrisa torcida del pirata que, ya en casa, sabe que en alguna lejana isla está enterrado un cofre que le pertenece.