Tienes miedo, Clarita; sin embargo, estás ahí, plantando cara sin que importe lo insegura y menudita que se te ve con los dedos acariciando el borde del vaso, sintiéndote poca cosa mientras todas han establecido, resanado o reabierto vínculos viejos y perfectamente insignificantes. Pero sonríe, por favor. Muestra, luce, exhibe la nueva mujer que eres, la vencedora, la que camina aplastando dudas, pisoteando el retal indeseable de los años de la coleta y el buzo azul y blanco que tan mal te quedaba. Olvida. Regresa al hoy. ¿Qué dijiste? ¿Chicas son unas locas?…. ¿son? Por dios, angelito estúpido, la vencedora no se puede enterrar a sí misma. Aunque es cierto, imponerte por propia cuenta, autointegrarte sin un consenso aprobatorio hubiera sido aún peor. No pues, está bien empezar así, agazapada, sencilla y humilde como una fórmula de cortesía. De a pocos, bonita, de a pocos. Di más, silenciosa paloma, di más. Verás, en este caso el método es muy simple: elogiar para ser elogiada. Sí, todas vinieron a escuchar frases prefabricadas: qué lindo tu hijo, qué guapo tu novio, qué estupendo lo de tu trabajo,  ya te graduaste ¿verdad?, que lindas tus botas y qué bien que mantengas tan regia.

-Salú chicas, por la promo.

Atenta, criatura incomprendida, sigue en lo tuyo, vamos, busca la frase y la entonación que favorezca a tu condición de chica calladita. Intenta que la entonación sea lo suficientemente contundente para que tus palabras no vayan directas al limbo de lo desapercibido, ni, peor aun, que generen el chirrido de la sorpresa, del: “y esta desde cuando aprendió a hablar”. Piensa, encanto, piensa. Lo mejor es una pregunta simple dirigida a cualquiera, un globito que, a la elegida, le produzca un irremediable placer reventar. Porque como existe la  vanidad, existe también una de las caras de la cortesía: la reciprocidad. Ese será tu dominio. Te preguntarán y ahí es donde desarrollaras tu tan ensayado resumen biográfico, pasos largos y bien afirmados hacia el éxito, y las miradas cambiaran, los rostros asentirán, las mandíbulas dibujaran el gesto del “oh” (bastante redondo), para resignarse, al final, a pronunciar un “qué bien”, y así, inexorablemente ascenderás al altillo que es tuyo, al que siempre perteneciste. Pero eso depende de lo que digas.

-Y… Natalie, ¿sigues enamorada?

Qué bruta eres,  eso no se pregunta así, y menos delante de todas. Ya está, ya está, compostura, mujer, vamos, deja de rasgar la servilleta. No te dejes subyugar por la compasión, por el desamparo de sus ojos negros y hermosos, por su carita triste y agachada. Luego le dices que lo sientes y te explicas mejor. Aunque es probable que tus palabras generen un efecto diametralmente contrario al que habías planeado, puede que  generen una solidaria conjura contra ti. Sí pues, al preguntarle eso a Natalie, le estás enrostrando su desdicha, su condición lamentable y abandonada. Querrán vengarse, querrán hacerte sentir mal, en fin, ¿de qué se pueden valer?, nadie te conoce realmente, nadie te siguió de cerca todos estos años, sólo les queda el pasado. Un recurso simple, infantilísimo y patético. Qué ingenuas son si pretenden fastidiarte con esos murmullos, piensan que eres la adolescente de hace diez años, la frágil, la infeliz, la que bañaba de lágrimas los helados de la salida del colegio, sin amigas y sin nada que se le parezca ni siquiera a las falsas caridades. Ahora lo puedes todo. Has vencido. A pesar que sus bocas malévolas te hagan escuchar ese vedado sobrenombre, a pesar de tu carita moribunda, has vencido. Qué importa que sus palabras dichas a medio labio te oscurezcan, como hace diez años, el color de la piel. Oscura, oscura: tú, la morenita bautizada en los rituales de la crueldad adolescente como “Clara”.

-¿Por qué te vas?

Siente el aire frío, llénate de él y, sobre todo, no voltees. Entre las posibilidades estaba que esto podía acabar mal. Después llamas y dices que te pusiste enferma, que no acostumbras beber y que algo te cayó mal.

-Cintia, espera, no te vayas sola

– ¡Mi nombre es Clara…, perras!

No conozco a más de diez personas dispuestas a votar, o defender, o  argumentar, o sostener su voto por la hija de Fujimori. En la década de los noventa, en cambio, no eran más de diez gatos, por así decirlo, los que se mostraban en contra de todo lo que representaba el fujimorismo. Más allá de la falta de rigor numérico, lo que quiero dar a entender es que ahora, el fujimorismo se lleva como un vicio sectario, como una enfermedad inconfesable. No como en los noventa en los que el fujimorismo se llevaba con ese orgullo de mayorías, con esa valentía de mayorías, dudosa valentía dicho sea de paso.

En mayoría cualquiera no sólo es valiente, sino además atrevido.

La pasión fujimorista de los noventa atravesaba, sin problemas, desde el riquerío optimista hasta la otra punta de la peruanidad: el arenal desdentado. En suma, se propagó como una metástasis. Ya sé, metástasis es una palabra durísima y sagrada; no debería usarla y pido perdón por ello; sin embargo, cuando me acuerdo de los noventa, de los políticos de los noventa, de la prensa de los noventa, del fujimorismo de los noventa, de los electores de los noventa, se me viene irremediablemente a la cabeza la palabra metástasis. Quizá haya algo de tremendismo en lo que digo, quizá sólo fue un tumor, un bicho, un bulto diestramente extirpado, total, hemos sobrevivido.

¿Viste cuántos países que ya no existen?

¿Viste cuántos países que ya no existen?

Y estamos aquí, como si los noventa fueran un pasado que ya no nos pertenece. Está bien, los noventa pertenecen a un siglo pasado, sin embargo, son muy pocas cosas las que nos separan de los noventa, pocos años diría yo. Podría ser, perfectamente, ayer cuando se hizo del noble oficio de las geishas, una rutina practicada por gentes sin más talento que la genuflexión. Podría ser ayer, perfectamente, porque esas gentes siguen a la cabeza de programas de televisión y aquí no pasó nada. Pero hay eventos que no se sienten como si hubieran ocurrido ayer, eventos que están más bien resguardados en la caja negra de las pesadillas. No sé. Un grupo de adolescentes exquisitas (de los noventa, claro está), cuchicheando lo lindo que es el “chino”, lindo en el sentido estético, lindo en el sentido que se refiere a la belleza física. El poder no embellece, sólo nubla los ojos de quien no lo tiene. Y el horror que da conjeturar, conjeturar a esas adolescentes ofrendando, de muy  buena gana, la virginidad, o lo que queda de ella, al Minotauro sonrisa-de-lado.

Un horror que seguramente no pasó, pero un horror harto probable.

Todo es posible, todo puede pasar, todo, menos que el elector se equivoque.

No. El elector no se equivoca nunca.

Por supuesto que el elector no anda buscando el gobierno de los mejores, ni la opción política menos errada. Al decir que no se equivoca, quiero decir que encuentra lo que busca.

El elector no quiere aburrirse.

La democracia aburre, es lenta, sus juegos de artificio no compensan sus rigores. El abismo es, en cambio, atractivo. Mirarlo de cerca hipnotiza, hipnotiza porque el abismo devuelve la mirada y eso es como vivir en sus profundidades sin necesidad de lastimarse. Ciertamente, nadie es tan tonto como para dejarse caer. Solamente acercarse, mirarlo, estar cerca y ver cómo se derrumba todo, mientras nosotros estamos aquí y el abismo está tan allá.

Nosotros aquí y los noventa allá.

Eso sí, los noventa no fueron el fondo del abismo. Un gobierno corrupto, nada más, un gobierno que no le hacía ascos a las manchas de sangre, un gobierno con unas voceras que profesaban una soberbia y una estupidez legendarias. Una mayoría que endosó su libertad y, eso sí, muchos técnicos. Sin embargo, la gente vivía, dormía, comía, tiraba, soñaba, y deseaba con la misma cotidianeidad con la que la gente vivía, dormía, comía, tiraba, soñaba y deseaba en los tiempos de los campos de concentración, claro, a excepción de las víctimas, de las víctimas y de los parientes de las víctimas, que eran, a decir verdad, también víctimas pero en distinto grado. No, para ellas la cotidianidad fue un lujo inalcanzable. En ese sentido, se recomendaba en los noventa, no ser un opositor rabioso en público, por eso de las mayorías, por eso de la valentía de las mayorías que fácilmente se podía convertir en la cobardía de los delatores. Retomemos eso de que en los noventa se soñaba y se deseaba. Se deseaba, como en cualquier época, como en la democracia más perfecta, cosas básicas: una vida mejor, un Perú mejor. Incluso la hija de Fujimori, seguramente también suspiró deseando viajes, aventuras, amores gallardos, un Perú mejor, una vida mejor. Pero el poder, ese juguete que su padre manipulaba obsesivamente y que nunca llegó a comprender le mordió el corazón también a ella. Pido un segundo de reflexión por las gorditas tímidas, románticas, amables, sensibles, puras, que se convirtieron, o fueron convertidas en maquinarias de guerra.

¿Cómo sucedió eso?

¿Por qué sucedió eso?

¿En qué momento sucedió eso?

¿Realmente sucedió eso?

La actitud frente al destino, si es que lo hay, debiera ser, principalmente, la de escapar o tratar de escapar al destino de nuestros progenitores. La actitud de perseverar en aquello que torció, destruyó y desgració el destino de sus padres, es una razón suficiente para no votar por la hija de Fujimori, para no confiar en su buen juicio, para sospecharla de imbécil,  para regresarla del delirio o del trance con un vaso de agua fría.

Errar es humano, perseverar es diabólico.

Pero el divino pueblo, que es sabio, la quiere.

Extraña sabiduría del pueblo

¿Qué entendemos realmente por pueblo?

Sabiduría de suicida que sabe que no se atreverá.

Sabiduría de equilibrista al borde del abismo.

No obstante, como ya dijimos, nadie se arroja al abismo. Nadie, menos aún, aquella extraña tribu inconexa llamada: “los peruanos”. Nosotros no. Nos acercamos, lo olemos, oteamos la posibilidad de una caída, nos embobamos con él. Pero sólo miramos al abismo como un acto contemplativo, nada más, para no pensar, para  no aburrirnos.

Empiezo a creer realmente que Alfonso Ugarte nunca se arrojó con la bandera.

-”Ars longa, vita brevis, … iudicium difficile”

¿Y eso qué significa?

-Ni idea

-…

-…

-Ya es tarde ¿no?

-Sí. Ojala no vengan esos piojosos, hoy no quiero renegar

-Qué hacemos

-Esperar nomás. De paso vaya contándome la película

-No le presté mucha atención a la primera parte.

-No importa, desde donde recuerdes

-Ya. Comienza con un grupo de militares llegando a un planeta. La escena hace recordar un poco a las películas de Vietnam, aunque, la voz que narra, enfatiza que son soldados que antes pelearon por la libertad y que ahora son mercenarios.

-Con que antes pelearon por la libertad, claro, claro.

-El caso es que son reclutados por una especie de transnacional, en este caso una transplanetaria dedicada a la extracción de un mineral carísimo. Dan a entender que los nativos del planeta están dando problemas, y, para lidiar con ellos tienen dos opciones: la fuerza militar….

-Tan razonable como siempre

-Y la otra opción es la ciencia, la observación… entre estas dos opciones está el protagonista, que es un muchacho lisiado.

-¿Lisiado?

-No puede caminar y anda en silla de ruedas

-¿Y cómo quedó así?

-Que yo recuerde, no lo dicen, sólo dicen que es un ex marin

-A lo mejor quedó así “luchando por la libertad”

-El caso es que llega para reemplazar a su hermano, que es científico o algo.

-¿Y qué pasó con el hermano?

-Parece que murió

-Qué mala racha ¿no?, pobres de los padres… esto empieza mal.

-Bueno sí, eran gemelos. Como el muchacho lisiado es militar, los científicos no lo reciben bien.

-Ahí sí que se equivocan. Por más mal que te puedan caer los milicos, la ciencia le debe muchas cosas a las botas.

-Se supone que han desarrollado una tecnología que logra transvasar, no sé si es el término adecuado, el alma de un ser humano en el cuerpo de un nativo de ese planeta. Eso, como tema de ciencia ficción, me parece muy interesante. Ahí viene una escena por la cual esta película se me antoja defendible. Se ve en una especie de estanque al Avatar del protagonista. Uno se siente impactado ante esa criatura majestuosa.

-¿Tanto así?, vaya, yo me sentí impactado con Megan Fox, que sí que es una criatura majestuosa, y sin embargo, Transformers no se me antoja defendible…, vaya palabritas que traes… Pero tranquilo, algo en tu torvo mirar me dice que estás hablando en serio…

-Esos seres azules son preciosos todos, una maravilla sacar de la nada seres tan bellos…

-Tengo un colega que me habló de la protagonista azul, hasta fantasías con ella tenía. Me habló de un mujerón de cinco metros que hacía ruidos como de gata cuando estaba caliente y que a la menor gracia te podía descuartizar como a un insecto. ¿Es cierto eso?

-Algo así.

-Se las saben todas esos canallas.

-El caso es que el protagonista, ya en plena posesión de su Avatar, es admitido por los nativos, y deciden, mediante la chica azul, reeducarlo.

-Ya, no digas más… y lo reciben bien, y le enseñan nuevas cosas, y así, tiene un conflicto de lealtades entre el mundo de los suyos, en donde es un lisiado, o sea, alguien que está al margen, y el bravo mundo nuevo, en donde su extranjería, su exotismo, lo convierten en una suerte de macho alfa ¿estoy en lo cierto?.

– Me olvidé de decir que le ofrecen unas piernas nuevas si se pone de parte de los suyos.

-Eso ya huele a remache, a parchada de última hora, aunque quizá no lo sea. En ese caso, todo parece indicar que esta película es una reedición deliberada del mito del buen salvaje, tan antiguo como un borracho pobre y marginal, llámese Baudelaire, Gauguin o Stevenson, soñando con alguna lejana isla de ultramar en donde personas primitivas y siempre buenas le van a brindar lo que en casa le fue negado. En este caso, ya no se trata de un buen salvaje de aquí nomás, cruzando el charco, sino del buen salvaje interespacial, aquel que nos recuerda que nuestro mundo está equivocado, que hay que volver a lo natural, lo cual, como idea te puede parecer convincente o ingenua, pero lo paradójico es que te diga que hay que volver a lo natural y a lo esencial, precisamente, una película que se ha gastado millones en nuevas tecnologías.

-A lo mejor es una estrategia, no sé, la mejor manera de dar un mensaje, llamar la atención sobre ciertos temas, ponerlos a debate, sensibilizar a la gente…

-Ahora te digo, hay un montón de libros, de películas, de canciones, con esa intención, y no, no buscan ningún debate, buscan convicciones, o como amorosamente llamas: la sensibilización. Quieren llevarte de la manito por el sendero de lo correcto.

-Entonces de qué quiere que se hable.

-De lo que sea, pero que no se quieran pasar de pendejos haciéndote creer que son películas virtuosas, contestatarias, valientes. En sí, lo que pretenden es darte desmenuzadito el origen del mal y los caminos de la virtud, y así, si te reducen la diferencia entre el bien y el mal en términos primariosos ¿para qué te vas a molestar en pensar, en cuestionar algo?. Se parece un poco a lo que hace Disney, hacerte creer que las cosas son estáticas, fiables, que los buenos son fácilmente reconocibles y que los malos, son malos irremediablemente.

-….

-Creo que te he arruinado la película y no es tu culpa, ni es culpa de la película, ni de James Cameron, es este cielo gris, son estas ganas de morirme. Pero si puedes verla otra vez, hazlo, y me la cuentas de nuevo. A lo mejor la próxima que me la cuentas me gusta.

Paraguas, parachoques, parasol

Condones con triple protección

(contra el sida,

contra el embarazo,

contra el amor)

Seguro oncológico -el mejor-

Cercas con guardas que no duermen

Cancerberos que ladran y que muerden

Vitamina “B”

FE

FE

FE

Todo, tiene ya,

Su aspita en el costado

Todo, tiene ya…

Y sin embargo

Alguien, alguien, alguien

en la oscuridad,

en el miedo,

en el frío

Se ríe

Se ríe

Y se ríe

 

Es la santa y pura verdad: el Facebook es más que un grupo de chicas fotografiándose con sus mejores jeens. Estoy viejo pero no tonto. Cómo no me va a conmover ese prodigioso invento que dibuja sonrisas en las caritas iluminadas del futuro del país (¡del mundo!, me dirás). Tendría que ser un descorazonado para renegar de la dicha que en la adolescencia no tuve.

Eso sí

Ojo, pestaña y ceja con la moraleja:

No es bueno saberlo todo

No es bueno decirlo todo

Con unos minutos al día es más que suficiente

(más tiempo podría empañar los vidrios de la virtud)

Aquí un breve paréntesis

Una señora preguntó: ¿qué será eso del Facebook?.

No tuve corazón para decirle que su hija se unió al grupo:

“yo también quiero el cuchillo de la Llamoja”

Fin del paréntesis.

Ya en serio

¿Qué es el Facebook?

¿Y tú me lo preguntas? ¡Facebook eres tú!

Pero ¿qué es en verdad?:

¿un súperagentedelrecontraespionaje?

¿la verdadera palabra del mudo?

¿un pequeño alivio existencial?

¿exhibicionismo terapéutico?

¿la rentabilidad de la infracultura?

¿el lado aséptico de la amistad?

¿el muro de los contentos (no tengo idea pero “me gusta”)?

¿todas las voces, todas?

Busque la respuesta en su corazón.

La galleta de la fortuna no la tiene.

Pseudo ciencia de Facebook

Desde que el hombre es hombre siempre ha querido mirar

Desde que la mujer es mujer siempre ha querido mostrar.

El Facebook civiliza este impulso, que es tan natural como la envidia.

Ya no nos tenemos que romper la crisma para ver a Remedios la bella.

Gloria al altísimo, al altísimo Mark Zukerberg.

Sociología de Facebook

Dicen los expertos que una persona sólo puede con 150

Que pasadas las 150 personas, los vínculos se corrompen

Por eso, escoge bien y vaya borrando

Con esta sí

Con esta no

Con esta señorita me canso yo

El amor en los tiempos de Facebook

Se sabe de más gente que se ha divorciado por culpa del Facebook

Que de gente que ha encontrado a su media naranja

Dura es la ley, pero es la ley

Times they are a Changing

Ahora no hay beso comunicante que valga

«si me borras de tu lista de amiguis

no te lo perdonaré nunca jamás».

They’re Changing for me

Yo mismo me puse a llorar como un niño cuando mi Fermina Daza me envió una solicitud de amistad (¿no sabes quién es Fermina Daza? entonces pregúntale a la Gran “G”… ¿God?… no, darling, GOOGLE).

Elitismo de Facebook

Se comprueba en Facebook

La máxima del maestro Víctor Hurtado Oviedo:

“La vulgaridad no sólo es privilegio de los pobres”

Teoría del discurso para Facebook

Esta teoría toma en consideración

El texto y el contexto

Tanto lo que se dice como lo que se calla

(Interesante lo que se calla en Facebook)

Se sugiere utilizar las siguientes unidades de análisis:

):

(:

=)

😄

;(

=(

;(

(o:

)o:

=P

)-:

(-:

Para terminar

y no cansar tus internáuticos ojitos….

Una noticia de último minuto:

En Silicon Valley or whereever

Saben muy bien que pronto nos aburriremos

(“la esencia más íntima de cada ser consiste en una voluntad bruta y ciega, en un deseo insaciable que nos obliga a buscar sin cesar nuevos placeres y diversiones que nunca nos colman”)

Por eso, en este momento

Están inventando una nueva aplicación

Benditos sean.


 

Sandra quiso abrigarlos porque con el clima de la sierra nunca se sabe. Sólo Valentina se dejó poner una chompa, Rodrigo no. Al lado, viajaba una mujer de unos veinticinco años. Era linda y buena gente a primera vista. Mientras duró el viaje, se la pasó hablando por celular con su madre, le explicaba cómo configurar el Iphone que hacía unos días le regaló y que esta se negaba a usar. Unos minutos antes de llegar terminó la llamada y se cogió la frente como agotada. A toda vista trataba de pasar por alto, siempre sonriente, los grititos intermitentes de los niños. Sandra, la mamá de Rodrigo y Valentina, la miró con simpatía y le invitó una pastillita para el dolor de cabeza. Cambiaron un par de palabras y luego chau chau, un gustazo, seguro que nos vemos por ahí.

 

Hacía un sol esplendido en Cusco y Valentina protestó por la chompa, luego las primeras fotos y mira mi amor los cerros, mira ese cielo, esas nubes, después vamos a jugar a darles formas. En San Blas les esperaba un hospedaje familiar con una huertita, ideal para los correteos de los niños, pero con cuidado, no se agiten porque la altura, ya saben, ya les he explicado y yo sé que entienden porque son los niños más lindos e inteligentes de todo el Perú. ¡Del mundo!, protestó Valentina. ¡Del universo!, agregó Sandra muerta de risa.

 

En lo que quedaba de la mañana, Sandra se la pasó buscando lo que ella denominaba: “la ropa”. La encontró después de búsquedas esmeradas y en tallas aceptables. Polos rastafaris y pantalones hippies. Antes le hizo unas trencitas a Valentina e intentó hacérselas a Rodrigo quien se negó malhumorado. Con todo y todo, para la hora del almuerzo los niños estaban vestidos al estilo hippie-mochilero-en-Cusco, una delicia para Sandra que se moría de ganas de sacarles fotos en la plaza de armas (eso sí, sin olvidar el bloqueador porque con este sol…). Valentina estaba encantada con sus trenzas y su look, Rodrigo posaba para las fotos con gestos de rudeza que a Sandra le producían una risa inmediata. Almorzaron rico y por la tarde pasearon un rato hasta que el frío los devolvió al hospedaje en donde Sandra decidió no bañarlos pero ella sí tomar un baño. Les dijo que tal vez saldría en la noche. A ambos no les gustó la idea y se lo hicieron saber con sus miradas de reprobación que devolvieron rápidamente a los dibujos animados. Sandra se maquilló ligeramente. Valentina estuvo distante –cosa rara en ella-  en los rituales de belleza de su madre. Sandra esperó, conocía los ruidos y las cadencias de sus respiraciones cuando el sueño era profundo. Los miró y se dijo que era muy difícil que despertasen por el cansancio del viaje, pobres, lo agotados que están.

 

Las primeras horas en la discoteca fueron tal y como lo supuso. Bailar un rato sola, encontrarse ineludiblemente con conocidos de Lima (mismas charlas, mismas preguntas), sentirse observada, no sentirse observada, tomarse una cerveza, sonreírle a esa oscuridad atormentada de luces e ir a buscar su casaca batiéndose en retirada. Pero un hombre la detuvo preguntándole si hablaba inglés, el hombre era deslumbradoramente guapo. Yes, off course, le dijo ruborizada, aceptándole la compañía, los tragos y las invitaciones a bailar que en el resto de la noche se sucedieron. El hombre le dijo que era australiano, que había trabajado como modelo y en algunas series de televisión de su país. Mientras le escuchaba, ella ya estaba viviendo en el futuro donde les contaba a su grupo de amigas  la noche deliciosa que estaba pasando con un galán australiano. Quiso darle más condimento a su relato aceptando la muy delicada invitación para ir a su habitación. Por qué no, si todas las invitaciones fueran así, por qué no. ¿Pero y la hora, y los niños?. Una se debe a su público, se dijo pensando en la historia que les contaría a sus amigas, además, después de un buen orgasmo una tiene más fuerzas para ser mejor madre. Sin embargo, en la habitación las cosas no se dieron. Se desvistieron con torpeza y se tocaron en distintos idiomas; la descoordinación de deseos y realidades no dio tregua. Al salir y despedirse ella fue consiente de que, en parte, fue su culpa por ese su afán de buscar beneficio/satisfacción en el menor lapso de tiempo, porque la hora era la hora y los niños podían despertar.

 

Miró la proximidad del alba caminando en San Blas. Le hubiera gustado sentarse en el suelo y escribir con toda tranquilidad sobre lo que sentía, o, en todo caso, tomar una fotografía de ese azul amanecer del cielo. Pero qué repetitiva era la voz de la responsabilidad en la cabeza: los niños, los niños. En el hospedaje la recibió una luz prendida y la dueña, una viejita buena gente que estaba con una mirada ojerosa de qué clase de madre eres, le abrió la puerta. Entró muy asustada. Le explicaron, la anciana con una tranquilidad pasmosa y Rodrigo con toda clase de groserías, que Valentina se había despertado a medianoche con unos cólicos que no cesaban. Ya le di un mate, no quiso tomárselo, quería que usted se lo dé. Muchas gracias, dijo Sandra tocando la frente de Valentina. Lo que pasa mamá que está vieja loca quería que yo orine y darle eso a Vale. Sandra se disculpó y la anciana se fue haciendo un gesto de no entiendo a esta gente, pero recomendándole en voz baja que el orín de los niños es lo mejor para todo. Sagrado o bendito, fue una de sus palabras. Sandra les dijo que tenían que disculparse con la viejita, tienen que aprender a respetar que en todos lados hay diferentes costumbres. Rodrigo no transigió: el viaje, para él, había sido una mierda, su mamá una falla y nunca más de viaje con ella, Valentina, una jodida, la vieja una loca y que se tome su propia pichi si le da la gana.

 

A la mañana siguiente Sandra estaba avergonzada y no quería dejarse ver por la viejita del hospedaje. Salieron temprano, primero a una clínica y después a desayunar. Algo ligero para Valentina y a Rodrigo mejor engreírlo con algo rico porque sino se ponía de un genio insoportable. Pasearon un poco, pero lo cierto es que estaban atontados por la altura y el cansancio, por eso, ni Sacsayhuamán ni Valle Sagrado, unas vueltitas, unas compras antes del almuerzo y después a ver la televisión acurrucados todos en la misma cama. Pero no se viene al Cusco todos los días, por eso al menos un ratito al Qoricancha a tomarse fotos y a tomar un poquito de sol. Sandra con la cámara en mano miró a su alrededor, buscando a alguien confiable que les pueda tomar algunas fotos. Sintió el sonido de alguien corriendo en su dirección y se puso en alerta. Era una muchacha que se detuvo delante de un a pareja para increparles algo. Valentina quería saber qué pasaba pero Sandra trataba de alejarlos. Una de las muchachas se fue y tomó un taxi, el hombre no hizo nada para detenerla, miraba todo con una sonrisa indiferente. La muchacha que quedó le seguía increpando entre lágrimas y, acto seguido, se fue corriendo con la misma voluntad desbocada con la que llegó, pero no llegó muy lejos porque cinco metros después tropezó y la caída fue dura, de esas que lastiman mucho. Rodrigo soltó una carcajada pero Sandra lo hizo callar conmovida por el dolor total que emanaba la muchacha. El hombre la asistió como pidiendo perdón, como renunciando a su indiferencia, como dolido por el dolor que había causado. Sandra, ante las preguntas de los niños, quiso aprovechar la escena para decirle a Rodrigo que un verdadero caballero siempre tiene respeto por los sentimientos de una mujer, y a Valentina, que no hay hombre por el cual valga la pena arruinar una amistad, pero Rodrigo protestó y le arruinó el momento aleccionador.

 

Ya de vuelta, Valentina pensaba en sus mejores amigas y lo improbable que sería pelearse por un chico. Rodrigo pensaba en la cara de sus amigos de colegio cuando les cuente que todos los cusqueños se toman su propia pichi. Y Sandra. Sandra esperaba estar sola un ratito para tomarse un buen Pisco y recordar los ojos azules del australiano, su cuerpo bronceado, sus labios delicados y darse cuenta, desapegadamente, que en esa perfección no estaba el amor, sino más bien, en las rodillas rasmilladas y supurantes de esa muchacha, en su llanto a moco tendido. Esa revelación le pareció tan cierta como odiosa. Al ladear la cabeza no pudo evitar ver, viajando al lado, a una señora de unos cincuenta años, amable y educada a primera vista. Tenía un Iphone en la mano, mientras por el celular le explicaban cómo configurarlo. Sandra, definitivamente, extrañó la pastillita para el dolor de cabeza.

 

Un hombre sueña con un hombre que se transforma en otro hombre. Despierta horrorizado y fascinado a la vez. Se pone a escribir y escribe horas, días, semanas. No le vendrían mal un poco de éxito y respeto a sus años. Termina, y lleno de expectativas le lee a su mujer el relato. Ella, con imperturbable frialdad le dice que no, que no le gustó. Se produce una discusión tremenda y él abandona la casa con su metro noventa encorvado de rabia. Más calmado, le da la razón a su mujer, arroja los papeles al fuego y, con las mismas, empieza de nuevo. Al cabo de un tiempo, concluye el libro que había estado persiguiendo toda su vida. Lo titula: “El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde”